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Full text of "La cuarterona, drama original en tres actos"

LA CUARTERONA 



DRAMA ORIGINAL EN TRES ACTOS 



POR 



ALEJANDRO TAPIA Y RIVERA. 



MADRID. 

Ésf aBLfximiento tipográfico de t. fortaneí 

calle de la Libertad, núm. 19 

1867, 



^^ 



y 



Á CADDY 



Recuerdo de su amig-o, 

ALEJANDRO. 



FIGURAS DEL DRAMA. 



JULIA. 

CARLOS. 

LA CONDESA DE..., madre de Carlos. 

DON CRÍSPULO, padre de... 

EMILIA. 

LUIS, amigo de Carlos. 

JORGE, negro. 



La escena on la Habana año de 18G... 



ACTO PRIMERO. 



Habitación de Carlos cuya puerta del fondo guia á la calle. La de la 
izquierda del actor, al interior de la casa. 



ESCENA PRIMERA. 
GARLOS y JORGE. 

CARLOS. [Sentado.) 

¿Dices que Julia está pesarosa y que á veces la has sor- 
prendido llorando? Habíame con toda sinceridad, Jorge; 
nos conocemos desde mi infancia y siempre has sido fiel á 
tus amos; continúa siéndolo al hombre como lo fuiste al 
niño, y no te pesará. Habla, pues; ya debes comprender 
que me interesa, cuando con tanto afán te lo pregunto^ 

JORGE. \ 

Le diré, niño Carlos: antes de llegar su merced de allá, 
de Francia, Julia solia estar risueña, aunque, como es sa- 
bido, su genio no ha sido nunca alegre, porque siempre he 
creido que la hacía sufrir su triste condición. Entonces me 
hablaba con frecuencia de su merced, y así podia yo reci- 
bir sus noticias. Ella tenía buen cuidado de decirme: Jorge, 
el niño Carlos, que no se olvida nunca de los que le aman, 
te envía memorias. ¡Ah! yo no sé lo que pasaba entonces 
por mí... Al saber que mi buen amito se acordaba de su 
pobre Jorge, lloraba de gusto, como lo hice de pena el dia 
en que el niño se fué de la Habana. 

CARLOS. 

Adelante, Jorge. Sé que me quieres y en ello me pagas. 
Prosigue. 



6 

JORGE . 

jAh! ¡Si el Diño supiese que todo se acabó cuando nos 
dijo la señora que su merced estaba para volver! Ya nada 
me contaba Julia; estaba siempre como pensativa, y cuan- 
do yo la preguntaba por el niño^ ella no queria contestar- 
me. Un dia la sorprendí llorando, y casi huyendo de mí me 
dijo: Jorge, «vendrá muy pronto.» No pude seguirla para 
saber más, porque la alegría me detuvo, y ella se aprove- 
chó de mi sorpresa para echar á correr. 

CARLOS. y' 

Bueno, bueno. Me place lo que me cuentas. 

JORGE. 

Aquel dia en que me dijo que su merced vendría pronto, 
me inquietó mucho ver que lloraba y me ocultaba sus lá- 
grimas; creí que se añigia porque hubiese ocurrido algún 
mal á su merced. Traté de averiguarlo, la seguí después, 
la encontré á solas, y entonces me dijo que nada habia su- 
cedido al niño, y que si lloraba era de contento. No era 
verdad, pues no podía llorar de contento con una cara tan 
triste, ni estar satisfecha, cuando siempre la veía como 
asustada. 

CARLOS. 

Lo que dices me interesa. Ella y yo nos hemos criado 
juntos, y así no puedo ver con indiferencia su pesadumbre. 

JORGE. 

jOh! yo sé lo que es llorar de contento; lloré así el dia 
en que su merced volvió y me dio un abrazo; por eso siem- 
pre dije y diré, que el llanto de Julia era de tristeza. El 
iii^.ósabe que yo la conozco desde muy chiquita, y la quie- 
ro como querría á una hija si la tuviera. Pues bien, desde 
que su merced llegó, mejor dicho, desde que ella me anun- 
ció su regreso, no ha vuelto á estar alegre. ¡Ohí yo veo 
bien todo eso, porque la quiero mucho, y los ojos del que 
quiere mucho ven muy claro. 

CARLOS. 

(|Me ama, me ama!) ¿Y dices que desde que llegué de 
Francia, habrá un mes, está siempre como si tuviese al- 
gún pesar que trata de ocultarnos? Tienes razón: su risa 
y su canto son mera riccion, vana apariencia... (Por eso se 
marchó al campo, á casa de mi tía, á poco de mi llegada; 
por eso esquiva mi presencia hasta el punto de no haber 
podido hablar con ella á solas después de mi regreso... Ya 
no lo dudo; me halaga suponerlo.) Jorge, no ignoras que 
á pesar de todo, he querido y quiero á Julia, como... á una 



iiermana... ¿entiendes? Justo es que no mire indiferente 
sus pesares... Esa tristeza que has creído descubrir en ella 
y que yo también he advertido, aunque como tú, sin adi- 
vinar la causa... 

JORGE. 

Sí, niño, lo sé. Su merced ha sido siempre bueno con 
ella, conmigo y con todo el mundo; por eso todos le que- 
remos tanto. 

CARLOS. 

Gracias, buen Jorge. Observa á Julia, y cuéntame lo 
^^e veas; cuéntamelo todo. Vé pues á tus quehaceres, y 
toma para que fumes. 

JORGE. 

Sin eso, niño, yo le quiero mucho.' [Vase por la puerta 
del interior.) 

ESCENA SEGUNDA . 

CARLOS. (Solo.) 

Ella me ama, sí... jpero quéí... Es un disparate, una lo- 
cura... locura que va siendo superior á mi voluntad. No 
sé por qué^ pero las palabras de Jorge me han revelado 
todo un mundo. — ¿Y á qué hacerme cuentas tan galanas? 
Ella verá en mí al compañero de la infancia, me tendrá el 
cariño que se puede profesar á un hermano, y nada más... 
¡Pero esas lágrimas al saber que se aproximaba mi regre- 
so, esa tristeza y misteiio desde millegadal... Acaso mide 
la diferencia de condiciones con que el destino implacable 
quiso separarnos... ¡Ahí ella no conoce mi amor tái>yez, 
ni mucho menos mi corazón; ella ignora sin duda que s"^ 
superior aciertas ruinespreocupaciones, y que laausencia, 
revelándome la naturaleza de mis sentimientos, ha hecho 
de ella la imagen de mis ensueños, la estrella de mi des- 
tino... Julia, la hechicera Julia, no verá más que un abis- 
mo entre los dos, y no comprenderá tal vez que yo salta- 
ría por sobre aquel abismo para acercarme á ella. Por 
otra parte, si mi madre llegase á imaginar... ella que la 
acogió y la ha educado con esmero; mi madre que la ama 
bondadosa... Pero al tratarse de quebrantar ciertas bar- 
reras, recordará que es la condesa, la señora altiva, y que 
la otra es una pobre mestiza... Vamos, es una locura, 
pero locura que comienza á labrar mi desgracia; sí, por- 
que comienzo á ser muy desgraciado. Hola, amigo Luis, 
sé bienvenido. 



8 

ESCENA TERCERA. 

CARLOS, LUIS. 
LUIS. 

Buenos dias, mon cher. ¿Qué tal te va en esta Habana á 
ue tú deseabas tanto volver y que yo anhelo iduitó quitar 
e nuevo? 

CARLOS. 

Bien... X 

LUIS. 

Pocos dias há que llegué y ya me parecen siglosr {qué 
calles, qué casas, qué costumbres, qué fastidio, mon dieu\ 
Ya se ve: |aquellos bulevares, aquellas tiendas, aquellos 
palacios, aquel París! jOhl jes mucho París el que hemos 
dejado! 

CARLOS. 

Poco á poco, Luis: pareces extranjero en tu patria. 

LUIS. 

Sí que lo soy. Yo profeso la máxima de ihi hene ibi pa- 
tria que he leido no sé dónde; y como aquí no me va bien, 
es decir, no estoy contento, me considero una planta exó- 
tica en nuestra Cuba. Europa, París, la capital del 
mundo... 

CARLOS. 

Así la llaman los franceses y los francomanos como tú. 

LUIS. 

(>:ímo quieras. Aquel es mi mundo, allí estoy en mi ele- 
'^..ento. Oni, mon ami. Estoy desterrado, y lo peor es que 
Ignoro cuándo podré volver allá. 

CARLOS. 

No es tan difícil. 

■ LUIS. 

Farpent escasea, y es la savia vital de un alma parisién 
como la mia. 

CARLOS. 

Oapisco. 

LUIS. 

¿Cómo volver allá sin dinero? ¿Cómo renunciar á tales 
maravillas? 



9 

CARLOS. 

Cualquiera pensaría á primera vista, que tu entusiasmo 
por la capital de Francia era inspirado por el amor á las 
ciencias y á las artes, de que es un centro; pero á poco de 
oirte, se convencerla de que no se trata del París intelec- 
tual, sino del que, como a tí, enloquece á tantos áe nues- 
tros jóvenes y no jóvenes ; el París de los espectáculos y 
las loretas. 

LUIS. 

^T es como debe ser. 

^^^ CARLOS. 

j Lu^da está contigo la patria I j qué porvenir tan her- 
moso ! Vamos , sé un poco menos parisiense : ten un poco 
más de juicio. (Sólo me faltaba la presencia de Luis para 
acabar de estar contento.) 

LUIS. 

¡Juicio , juicio! Esa es la palabra que de continuo me 
repetían allá todos aquellos locos serios que, como tú, 
sólo van allí á sumirse en el barrio latino entre libros y 
bibliotecas. ¡ Vaya una diversión I Veo que eres aquí el 
mismo hombre triste de por allá. 

CARLOS. 

El mismo ciertamente. 

LUIS. 

¡Cuánto mejor es levantarse tarde y acostarse ídem , pa- 
sando el día en la dulce Janerie ó en seguir la pista á al- 
guna elegante damisela! Por la tarde el Bois de Boulogne 
ó los Campos Elíseos ; por la noche la ópera ó algunos 
tehtros pour rire , acabándola en la Maiso7i^ Durée con al 
gunos amigos comm'il faut y algunas amigas tan bellas 
como d'esprü. Vamos , vamos, alégrate. Bien veo que no 
sabes lo que es la vida, y sin embargo, es lástima! 

CARLOS. 

Sin duda causo lástima. En cambio he adquirido en 
París una profesión sin haber llevado allí este objeto 
precisamente , y tú que fuiste á ello, has gastado á tus 
parientes una fortuna y has vuelto como fuiste. Dispensa 
que te hable así, pero todo eso lo motiva la lástima que 
me manifiestas; además , me encuentro hoy de un humor 
negro. 

LUIS. 

Enhorabuena, te lo perdono, porque veo que tienes la 
manía del Mentor. ¿Qué quieres? Cada cual tiene sus 



10 

giistoí?. Yo nací para el gran mundo y no para un gran 
villorrio como este, malgré^u^ defensores; nací para tener' 
fortuna y no para buscarla trabajando; para gozar y no 
Y<iv2í quemarme las pestañas en el estudio. Anda , sé tú, 
ya que lo quieres, un gran facultativo, un Nelaton , un 
Bernard, un Dupuytren. Yo no he venido al mundo para 
cortar brazos y piernas ni para disecar cadáveres; antes 
alcontrario, me juzgo hechopara contemplar, en todas sus 
perfecciones, las maravillas humanas , sobre todo cuando 
llevan malahof/j tienen cara bonita. 

CARLOS. I X 

Siempre el mismo, y no comprendo qué locura te-^tó a 
tu familia para intentar hacer de tí un buen estudiante y 
médico aprovechado. (Quisiera ser tan frivolo como este- 
la frivolidad padece poco.) 

LUIS. 

Creí que mi familia era muy rica, y me he llevado un 
chasco solemne. Las ilusiones me engañaron. 

CARLOS. 

Tal sucede á muchos. 

LUIS. 

Por otra parte , dices que no he estudiado , ¡ qué dispa- 
rate! Sé hablar el francés, vestir con chic, tirar al florete 
y bailar un canean como un demonio. 

CARLOS. 

¡Algo es!... 

LUIS. 

^Te parece poco el canean , delicia de Mabille y gloria 
e'la Francia? ¿ Hay cosa mejor que vis a vis de una do- 
nosa liembra, hacer aquello de... (Tararea y hace algunas 
piruetas de canean,) Si dices que eso no es delicioso , estás 
tocando el violón. 

CARLOS. 

Sin duda alguna. 

LUIS. 

Pero en fin, pasemos á otro asunto. Vipe á hablarte de 
algo que me interesa. 

CARLOS. 

Ya te escucho. 

LUIS. 

En mal hora recordé aquella deliciosa vida de la capital 
de Francia. En esta materia me vuelvo todo hablar y di- 



11 

gresiones: tanto es mi entusiasmo y mi deseo de volver á 
gozarla. 

CARLOS. 

Al asunto , pues. Casi llego á tenerte envidia , porque 
al cabo, eres hoy más feliz que yo. 

LUIS. 

(Jomo iba diciendo , no estoy nada contento en nuestra 
Habana, y deseo, y pienso y he resuelto volverme á 
París. 

^^^ CARLOS. 

Hito pensado. 

LULS. 

Pero para vivir allá commHl faut se necesita mucho di- 
nero, y no le tengo. 

CARLOS. 

Trabaja. 

LUÍS. 

No me place. ¿Qué quieres? He perdido lo mejor del 
tiempo. 

CARLOS. 

Bien lo veo. 

LUIS. 

Acaso el vicio viene en mí desde la infancia, j Hacerle á 
uno creer que va á ser muy rico sin trabajarl 

CARLOS. 

¿Y qué hacer? 

LUIS. nX 

Pienso buscar una mujer rica y casarme ó darme al día 
blo, que es lo mismo. 

CARLOS. 

Muy bien pensado. ( Creo que este majadero de Luis 
acabará por hacerme olvidar mis penas.) 

LUIS. 

Me parece que mi personal , es decir , precisamente no 
tener otro crédito mayor, me pone en aptitud de ganar el 
corazón de alguna mujer frivola... y como eso es lo que 
busco, y aquellas son las más... 

CARLOS. 

Dado que encuentres semejante joya, que no es nada 
difícil... ¿Juzgas que su fa.milia se conforme con la insu- 
ficiencia tuya de que me hablas? 



12 

LUIS. 

Gane yo á la muchacha... y como la ley protege el ma- 
trimonio... 

CARLOS. 

Todo padre rico quiere para su hija por lo menos... 

LUIS. 

¿Qué? 

CARLOS. 

Un buen administrador. y 

LUIS. /^: ■ ' 

No, eso huele á criado: yo no tengo aptitud parÉ admi- 
nistrar, sino para gastar. 

CARLOS. 

¡Magnífico I... 

LUIS. 

¿Y qué más debe querer un suegro rico? 

CARLOS. 

Precisamente. 

LUIS. 

La plétora de dinero necesita , como el vapor , una vál- 
vula, un desahogo, y aquí estoy yo. 

CARLOS. 

Pues entonces, eres cortado para el caso. 

LUIS. 

PpT eso no he perdido el tiempo. 

CARLOS. 

jCómoí 

LUIS. 

A pesar del poco tiempo que cuento aquí , creo haber 
dado con la veta. 

CARLOS. 

¿Qué me dices? 

LUIS. 

Necesito, Carlos, que me des algunos informes y me 
tranquilices respecto de si son ó no fundadas mis espe- 
ranzas. 

CARLOS. 

Si no te explicas... 



13 



LUIS. 



Anteayer era dia de misa , y yo , como buen cristiano, 
acudo siempre á donde van ellas. 

CARLOS. 

Es natural. 

LUIS. 

Siempre he tenido esa costumbre. 

CARLOS. 

Adelante. 

^1^ LUIS. 

HalK^ame en la puerta del templo que está aquí en- 
frente, en medio del corrillo de jóvenes, que por lo visto 
tienen poco que hacer y mucha afición al bello sexo, 
cuando vi salir de la iglesia y pasar por junto á mí á una 
joven bastante bonita, acompañada de un señor gordo y 
coloradote; una especie de tomate mayúsculo... 

CARLOS. 

Bien, acaba. 

LUIS. 

Desde luego observé en el grupo de jóvenes grave inte- 
rés hacia la pareja; comprendí que no se trataba de una 
cualquiera. Ciertos hombres casaderos en nuestra época, 
ignoro si en las pasadas sucedía lo mismo 

CARLOS. 

Lo mismo, no lo dudes. 

LUIS. 

Son tan deferentes con las mujeres ricas , que Qc ^de 
luego se conoce en su semblante y maneras y atencione.. 
que han hallado elñlon. Tú sabes que en la materia tengo 
un olfato finísimo. 

CARLOS. 

Concedido. 

LUIS. 

Entre los del grupo había algunos cotorrones que sin 
duda buscaban lo que yo. ¿Quién mejor que ellos para 
orientarme? Todos lanzaron á la joven miradas elocuen- 
tes, saludáronla afectuosos, y al pasar por junto á nos- 
otros la pareja , el señor padre obtuvo el paso libre , con 
toda la consideración y respeto que merece un rico papá. 
Es un buey gordo , me dijeron , y ella una ninfa de oro. 
La joven se llama Emilia , su padre tiene más dinero que 
un demonio, y más vegas en Yuelta-abajo que no sé quién. 



14 

CARLOS. 

Eso es. 

LUIS. 

j Qué poesía I Un rico archirico , soberbio mercachifle 
retirado. 

CARLOS. 

¿Su nombre? 

LUIS. 

D. Críspulo no sé cuántos. 

CARLOS. 

jEl mismol Lo imaginaba. 

LUIS. 

¿Le conoces? 

CARLOS. 

Mucho, mucho. ¡Qué casualidad! 

LUIS. 

Pues bien: es forzoso que me presentes , ¿oyes ? Quiero 
conocer á un señor tan apreciable ; sobre todo, a su hija. 
Suponte cuál sería mi emoción al encontrar lo que bus- 
caba... un temblor me sobrecogió un instante, era sin 
duda mi amante, era jay, Dios!... (Haciendo la señal de di- 
nero con los dedos.) mi salvador. Al punto supe que la niña 
tiene muchos pretendientes, como era de esperarse. Me 
dijeron que aún no había elegido. Pero admírate de loque 
añadieron; adivina... 

CÁRl,OS. 

¿9íié? 

LUIS. 

Que era mi amigo Carlos una probabilidad. 

CARLOS. 

Es muy cierto, por desgracia. 

LUIS. 

Pero yo sé que tú no estás por buscar mujeres ricas, y 
comprendí desde luego que no tendría en tí un rival te- 
mible. ¿No es así? Tranquilízame^ amigo mío, tranquiliza 
mi corazón. 

CARLOS. 

Has dicho bien. Prefiero mil veces el celibato. ¡Casarme 
sin amor! 

LUIS. 

jOh ventura! ¡Cuando dije que eras un rival poco te- 
mible!... i 




15 

CARLOS. 

Acá para inter nos: mi madre muestra empeño en que 
contraiga dicho enlace; el padre y la hija están conformes; 
falta sólo mi asentimiento. 

LUIS. 

Pero tú no piensas darlo, ni lo darás... ¿no es eso? 

CARLOS. 

Perdone mi buena madre: en esta ocasión no me hallo 
dispuesto á complacerla. 

^^^^ LUIS. 

jB^^bravo! Es decir que puedo contar con el campo 
libre y^aso con tu apoyo. Preséntame, Carlos, presén- 
tame.'^Por lo que respecta á la chica, has de saber que la 
seguí, y situado después bajo sus balcones, se dejó ver 
como si no le fuese indiferente: creo no mentir al asegu- 
rarte que toma varas sin disgusto. » 

ESCENA CUABTA. 
Dichos. JULIA. 

CARLOS. 

jJuliaí 

JULIA. 

La señora deseaba saber si se hallaba V. en su habita- 
ción, para bajar á verle. [Saludando d Luis.) Caballero... 

LUIS. 

(jBonita hembra!) 

CARLOS. 

(Mi madre quiere hablarme; presumo de qué. ¡Cuánto lo 
temol) Bien, Julia: estoy dispuesto á recibirla. 

LUIS. 

Entonces, te dejo. 

CARLOS. 

Adiós, Luis; luego hablaremos. 

LUIS. 

Me marcho: veo que tienes que hablar con... tu señora 
madre... ¿Qué te pasa? Estás turbado. ¡Huml (Cuidado 
con la muchacha: veo que tienes buen gusto.) 

CARLOS. 

Calla, calla... no desatines, amigo mió. 



X 



LUIS. 

En fin, volveré; no me olvides. [Saludando á Julia.) Se- 
ñorita... (jhermosa es!) [Vase.) 

ESCENA QUINTA. 
GARLOS, JULIA. 

CARLOS. 

Mi madre desea hablarme, ¿no es eso? 

JULIA. 

Sí. 

CARLOS. 

¿Y no sabes de qué? 

« JULIA. 

[Conmovida.) Lo ipresumo. 

CARLOS. 

Óyeme, Julia: Se trata de un matrimonio que se me 
propone; ¿acepto? 

JULIA. 

Debe V. aceptar. 

CARLOS. 

No, imposible: no puedes comunicarme tal decisión con 
indiferencia; sabes que mi corazón pertenece á otra. 

JULIA, 
('.ñl) 
'^ CARLOS. 

A otra que, víctima y dominada ala vez por preocupa- 
ciones que detesto, se niega á escuchar mis votos. 

JULIA. 

Carlos, ignoro de quién habla Y. 

CARLOS. 

¿Ignorarlo tú? 

julu. 
Más vale así. 

CARLOS* 

Debieras suponerlo. 

JULIA, 

¿Para qué? 



17 

CARLOS. 

¿Te niegas á escuchar mis amorosas palabras? 

JULIA. 

Debo hacerlo. 

Deber no es querer. 

Pues yo lo quiero. 
bCómo! 



CARLOS. 
JULIA. 

Carlos. 




JULIA. 

Cárl^^es imposible unir lo que el destino separó. 

Carlos. 

Y qué, Julia; cuando me abraso, cuando muero de amor 
por la que sólo juzgaba amiga de la infancia; cuando veo, 
]ah! me lo dice el alma, que ella corresponde al mismo 
afecto, ¿debo obedecer la voz del cálculo? ¿Debo entregar á 
otra una voluntad que sólo á tí pertenece? 

JULIA. 

Carlos, si V. me ama, como dice, debe tratar de olvi- 
darme.— Usted supone que yo le amo; tal sería locura, y 
ambos debemos tener juicio. (¡Dios mió, Dios mió!) 

Carlos. 

¡Ah, Julial ¿Por qué sustituyes con ese frió usted, aquel 
delicioso tuteo que hacía más cariñosas nuestras palabras 
en los primeros años de la existencia? 

JULIA. \^ 

¿A qué recordarlos? 

CARLOS. 

Sólo contaba yo dos ó tres años más que tú y parecía- 
mos gemelos en nuestro carácter y aficiones inocentes. 

JULIA. 

Es verdad. 

Carlos. 
Después he recordado con placer aquellas horas... 

JULIA. 

Conviene olvidarlas. 

CARLOS. 

Así, cuando la ausencia me reveló que te amaba, hallé 
en mi corazón tus nobles ideas y elevados sentimientos. 
Tu imagen estaba allí para realzarlos. 

2 




18 

JULIA. 

I Ahí 

CARLOS. 

Eras niña cuando los expresabas; pero superiores aque- 
llos á tu edad, hallaron eco después en mi corazón de 
hombre: ellos me enseñaron á estimar el bien y á amar lo 
bello, y tú como el ángel de mi guarda, me has salvado 
de los escollos de la juventud en un mundo tempestuoso. 
¿Qué mucho, pues, que al verte de nuevo, al hallarte tan 
bella, tan adorable, mi amor haya crecido? Julia, encan- 
tadora Julia, fuiste el ángel de mi consuelo duranjí^ia 
ausencia, sé el ángel de mi felicidad durante mi vi^' 

JULIA, 

Es verdad: la ausencia despierta á veces sentimientos 
que dormían ignorados en el corazón. Ella ha cambiado en 
tristeza nuestras horas de alegría; nuestra paz en áridos 
temores. 

CARLOS. 

Temores infundados. 

JULIA, 

Usted debe sólo ver en mí la amiga de la niñez, si no 
quiere considerar lo que todo el mundo: una mujer cuya 
condición abre un abismo entre los dos. 

CARLOS. 

Yo anularé semejante abismo. 

JULIA. 

A.C1S0 por haber visitado V. países en que, según se 
c,p /Ata, no existen ciertas preocupaciones, no las tiene Y. 

y^ CARLOS. ' 

Eso basta. 

JULIA. 

Aun cuando no fuese V. heredero de un título y de un 
nombre ilustre, sería siempre lo que en nuestro país se 
juzga superior á lo que yo soy. 

' CARLOS. 

¿Qué importa nuestro mísero país? 

JULIA. 

Olvide y., pues, como el sueño de un cielo perdido, las 
dulces memorias de que me habla; evite V. que aquel cielo 
se trueque en infierno, y que sea yo ingrata á los favores 
que desde la cuna recibí de su buena madre; favores que 
se convertirían en odio contra mí. 



19 

CARLOS. 

¿Ella odiarte? 

JULIA. 

¡Ah! V. no me ama tanto como dice; V. quiere que mi 
bienhechora me dé en rostro con mi triste condición. 

CARLOS. 

Yo lo impediré. 

JULIA. / 

^EUa lo haria si sospechase. 

^^^ CARLOS. 

Nol^ifíospechará. 

JULIA. 

En general los de mi clase, la niegan ó la disimulan; yo 
no la publico, p>sjp Dios me ha dado una compensación: la 
conformidad, y poS^so manifiesto mi condición sin humi- 
llarme. >y 

S CARLOS. 

¿Y quién podria humillarte? ¿Por qué me hablas de eso 
ahora? 

JULIA. 

Eecuerdo más de una vez mi condición para que Y. no 
la olvide. 

CARLOS. 

¡Qué ironía! 

JULIA. 

No hay sarcasmo en mis palabras. 

CARLOS. 

No sientes lo que ellas dicen. 

JULIA. 

Soy sincera. 

CARLOS. 

No lo pareces. 

JULIA. 

Renuncie Y. á pretensiones que no debe escuchar. 

CARLOS. 

Ya es tarde para estorbarlo. 

JULIA. 

Si no evité esta conferencia... 

CARLOS. 

¿Qué? 



20 

JULIA. 

Le ruego que sea la última. 

CARLOS. 

Pero Julia, tú me amas; una sola vez, dímelo... 

JULIA. 

No, imposible. 

CARLOS. 

jAh! si tus ojos, si tus miradas no me lo revelasen, mi 
propio corazón al escucharte, me diria que soy amado. 

JULIA. 

Usted lo presume. 

CARLOS. 

Pero no basta; necesito que tu labio lo confirme. 

CONDESA. [Dentro.) ^4 
jJulia, Julia! 

JULIA. [Asustadlo,] 
jLa señora! Huya Y, por Dioj:. 

CÁRTOS. 

Es vana tu repulsa. 

JULIA. 

Que no nos halle juntos aquí. 

CARLOS. 

Me amas, ¿no es cierto? 

JULIA, 

Nrv Imposible... Yáyase V. 

.^ CARLOS. 

Pero... 

JULIA. 

He dicho que no puede ser. 

CARLOS. 

No, mentira; tú me amas. 

CONDESA. [Dentro.] 
¡Julia! ' ' . ' 

JULIA. 

Como V. quiera; pero vayase Y., Carlos, ó todo se ha 
perdido. 

CARLOS. 

Sí, sí, adiós. Hasta después. [Toma el sombrero y tase 
hacia la calle.] 



21 

ESCENA SEXTA. 

JULIA, LA CONDESA. 
CONDESA. 

Muchacha... jTanto tardar para un simple recado! No 
me place ni está bien visto que permanezcas aquí en la 
habitación de Carlos más tiempo del regular. 

JULIA. (Avergonzada,) 

Lora... 

CONDESA. 

Te cóííftzco y te hago iusticia, pero no está bien. ¿Y 
Carlos? ^^ 

^ JULIA. [Con turbación,) 
Ha salido. 

"*" CONDESA. 

Lo siento; precisaiíSgte cuando tengo que hablarle. 

^rULlA. 

Quizá volverá pronto. 

CONDJ 

Sin duda presintiendo el obje^s^con que ie busco, evit«? 
mi presencia. Y hace mal en esqui^w toda conversación 
conmigo, que siempre he sido para élií^dre cariñosa. ¿No 
es verdad? 

JULIA. 

Ciertamente. n. 

CONDESA. ^v^, 

¡Renunciar á una boda que sólo ventajas puede ofix • 
cerle! ¿Y por qué? Quizá por algún capricho. Julia, con 
sinceridad: ¿sabes si alguna afección hacia otra... 

JULIA. 

Señora, de algún tiempo acá se ha vuelto tan reserva- 
do... (jCallar lo que podría ser una dicha confesar!) 

CONDESA. 

Julia, nacida tú en esta casa, has sido tratada siempre 
con cariño y educada con el esmero de una señorita. 

JULIA. 

jAh! Señora, mi gratitud no se ha desmentido jamas. 

CONDESA. 

Lo sé, y por eso cuento con tu ayuda en una empresa 
sobrado interesante. 



22 

JULIA. 

(¿Qué pretenderá?) 

CONDESA. 

¡Si comprendieses cuánto anhelo para mi hijo la tal 
boda! Presumo que hará su dicha, y no omitiré medio al- 
guno para realizarla. Entre él y tú existe la confianza que 
origina la común niñez; Carlos estima tu cordura y bue- 
nas prendas, y tus consejos no serian por él desatendidos. 

JULIA. 

(¡Ah! [temo comprender!) 

CONDESA. 

Procura, pues, inquirir si el amor á otra niFj^er le im- 
pide ceder á mis prevenciones. Trata de persuadirle de 
que mi proyecto tiene por mira su conver:^ncia; persuá- 
dele. / 

JULIA. [Con sorpresjKj 

¡Yo!... ¿Quién mejor que una robare podria hacerlo? 

CONDES,';. 

Así debiera ser; pero tú le /Suspiras quizás mayor con- 
fianza. Lo harás, ¿no es cié/ oo? 

, 'JULIA. 

No me lisonjeo de ci^nseguirlo. 

CONDESA. 

Sí, dame palabra de que lo harás. 

JULIA. 

(j^Vde mí!) Señora... 

CONDESA. 

Consientes, ¿no es así? 

JULIA. 

Señora... no puedo ni debo negar á V. nada; pero... 

CONDESA. 

Tratarás de convencerle de que no son miras codiciosas 
de mi parte. ¿Se lo dirás? 

JULIA. 

Como nada me prometo alcanzar... ' 

CONDESA. 

¡Qué! ¿Vacilas? 

JULIA. 

Lo haré. (Aunque me cueste la vida.) 



23 

CONDESA. 

jOh! gracias, Julia... A propósito, ahí está: déjame que 
le hable. 

JULIA. 

(jCielosí No era bastante callar y resignarme, sino que 
deoo abogar por otra.) 

(Vase.) 

ESCENA SÉPTIMA. 

CONDESA, GARLOS. 

CARLOS. [Entrando,) 
í Madre mial^ 

CONDESA. 

El cielo premie ai^jo que complace á su madre. 

X!ARLOS. 

jAh! tiene V. un hijo iuHt desgraciado; un hijo que no 
puede siempre complacer áS^ madre. 

COND] 

De eso venía á tratar precisanítote ; de poner á prueba 
por última vez el cariño que siempr^Sme has profesado. 

CARLOS. 

Supongo que no dudará Y. 

CONDESA. N^ 

Concedo que antes no dudaba, pero desde hace^j^i^nos 
dias... 

CARLOS. 

iQuél 

condesa! 

Preciso es que mi Carlos , que nunca tuvo una contra- 
dicción para mí, ame á otra persona más que á su madre... 

CARLOS. 

jCómoI 

CONDESA. 

Cuando se niega á su ruego, mandato debiera decir; 
pero no, yo no mando á mi hijo en esta ocasión, le ruego. 

CARLOS. 

Veamos, madre: V.me ruega, ¿y por qué? Porque acepte 
un matrimonio ventajoso para mí. 



24 

CONDESA. 

Indudablemente. 

CARLOS. 

Y juzga Y. que haria mi felicidad. 

CONDESA. 

Lo juzgo, 

CARLOS. 

Lo niego. 

CONDESA. 

Dudo que puedas convencerme. .^^ 

CARLOS. JÍ- 

Me parece que tengo derecho á fallar en la ma^ria, re- 
sistiéndome á aceptar un enlace contraprodi^;^:nte, pues 
to que sólo labrarla mi desventura. ^^ 

CONDESA. / 

Una buena madre sabe por instinto^ que más conviene 
;í sus hijos. /j- 

Carlos/ 

El cariño puede alucinar á YV, madre mia. 

co]^^SA. 
La juventud es inexper^'ii. 

^^ 

Conozco mi cor.^íiDn: no podría ser feliz en el matrimo- 
nio sin el amor. 

CONDESA. 

¡Quie;^ sabe, CárlosI ¿Cuántos casamientos por amor no 
han/ldo desgraciados? 

yC CARLOS. 

¿Y cuántos no han sido felices? 

CONDESA. 

En la elección para el matrimonio debe presidir la ra- 
zón, no las ilusiones. 

CARLOS. 

Yo creo que el amor no debe ser desatendido. 

^ CONDESA. 

Es lazo aquél indisoluble. 

CARLOS. 

Por lo mismo. 

CONDESA. 

El entendimiento debe consultarse. 



^ CARLOS. 



25 

CARLOS. 

Más el corazón. 

CONDESA. . 

Aquél es todo. 

CARLOS. 

¿Y éste es nada? 

CONDESA. -^ 

Es ciego y suele extraviarse. 

CARLOS. 

lítame V. que no piense así. 

CONDESA. 

Además^^novia que te propongo es bella. 

CARL03. 

La belleza dellS^a es preferible. 

CONDESA. 

Es buena. 

JILOS. 

Muchas lo parecen: no es ^i soltería el crisol del matri- 
monio. Tampoco es Emilia un\esoro de inteligencia. 

CONDESA! 

Pero tiene buena índole. 

CARLOS. 

No es bastante. 

CONDESA. 

Podrás formarla según tus opiniones. 

CARLOS. 

Sí , una joven educada como la mayor parte , en la fri- 
volidad. 

CONDESA. 

Será dócil. 

CARLOS. 

Si lo fuese. Mecida en los sueños de rica heredera , lle- 
vará consigo al matrimonio la soberbia y la presunción. 

CONDESA. 

¿Cómo sabes eso? 

CARLOS. 

Es de suponerse. D. Críspulo su padre, no puede ha- 
berla dado otra educación. El olmo no da peras. 



26 

CONDESA. 

Exageras demasiado. 

CARLOS. 

Sin duda será de aquellas á quienes un padre necio re- 
pite todos loa dias, que valen mucho y que están destina- 
das, no á tener un marido, sino á comprar un esclavo. 

CONDESA. 

Vamos, estás intransigente. 

CARLOS. 

Se enfada Y,, y lo siento. 

CONDESA. 

Con razón dudaba de tu cariño. 

CARLOS. 

No , Y. sabe que la amo y la respeto cfKlío merece; pero 
no puedo darla gusto en esta ocasión^ 

CONDESA. X 

¿Para cuándo guardas la conip<dcencia? 

CARI^^S. 

Permaneceré soltero ; así/íodré consagrarme por com- 
pleto á la ventura de Y. y^ ' 

^/r^CONDESA. 

jMi ventura! E^trf en tu casamiento con Emilia. Eepito 
lo que sabes, (fjn misterio,) Estamos casi arruinados; los 
restos de nr .¿tros bienes , un dia cuantiosos , están pró- 
ximos a] .mbargo. El padre de Emilia es uno de nuestros 
priuQÁ: ales acreedores. A fuerza de ostentar ante sus ojos 
nu^jcra nobleza , el villano enriquecido se deslumbra y 
/Onsiente en preferirte á muchos para yerno. 

CARLOS. 

Ya lo veo, por desgracia. 

CONDESA. 

A pesar de que no ignora el mal estado de nuestros in- 
tereses, hele hecho conocer que, con todo su dinero es Don 
Nadie, si no une su oro á lo que oro vale: la nobleza. 

CARLOS. 

Pero... 

CONDESA. 

He sido intrigante por mi hijo y por mí, porque no 
estoy dispuesta á verme despreciada en la vejez, cuando 
he sido rica y espléndida toda mi vida. 



37 



CARLOS. 

I Y quiere Y. sacrificarme! 

CONDESA. (Sin oírle,) 

No daré de buen grado semejante gusto á los que me 
envidiaron hasta ahora. (Pausa.) \ Y si nos quedase si- 
quiera una posición modesta! Pero la humillación, la mi- 
seria... 

CARLOS. 

No, eso no; trabajaré noche y dia para V. Ejerceré mi 
^ ^Hfesion de médico ; tengo poderosa voluntad, y lograré 
que^^da V. vivir holgadamente. 

CONDESA. 

GraciaSj'^^cias; pero no me satisface. 

CARLOS. 

Ya ve Y. que ftS^iseria no debe intimidarla. 

CONDESA. 

Insisto en que amas cSptra. 

C\RLOS. 

Qué dice Y. (;QuéI ¿sabráX.) 

CONDEiV. 

Sientes alguna pasión que me oN^tas. 

CARLOS. 

No acierto á explicarme... 

CONDESA. 

Jamás daré mi aprobación á frivolos caprichos 

CARLOS. 

¡Caprichos! 

ESCENA OCTAVA. 

Dichos. JULIA. 

JULIA. 




Señora, 
Qué es... 



CONDESA. 



JULIA. 

El abogado quiere hablar á Y. con urgencia. 

CONDESA. 

Ya has oido : seré intransigente con toda locura de tu 
parte. ^ 



28 

CARLOS. 

Señora... (Va á besarla la mano, y ella la retira.) 

CONDESA. fA Julia.) 
Te dejo con él algunos instantes. Cúmpleme tu promesa. 

JULIA. 

Bien está, señora. 

ESCENA NOVENA. 
GARLOS, JULIA. 

JULIA. 

¿La señora ha hablado á V. de lo que yo pi^amia? 

CARLOS. 

Sí, pero no he querido aceptar. Insist^fen suponer que: 
el amor á alg-una otra es causa de mi^pulsa; tal vez sos- 
pecha la verdad j lo temo. 

JULIA X^ 

¿Se ha negado V.? 

C^fCLOS. 

¿Y tú me lo pregunta] 

JULIA. 

Ha hecho Y. ny^'. 

CARLOS. 

Qué, ¿desapruebas mi repulsa? 

^* \ JULIA. 

PjDo persuadir á V. que acepte. 

CARLOS. 

¿Qué escucho? 

JULIÁN 

Creo que la boda labrará su ventura. 

CARLOS. 

No te comprendo, Julia ; pero lo que dices me hiere el 
corazón: espiícate. por piedad. 

JT^I.T \ , 

^♦Cielos, drnne fuerzas' Mi . mi li'rntitud lo exicren 

: '' ^ '-' ^ . - . -eiT liiuy dicl. lo 

CARLOS. 

¿Dichosa tú? 



29 

JULIA. 

¿Quién lo duda? ¿No ve V. que estoy contenta? 

CARLOS. 

Te burlas de mí, y esa burla es un martirio. 

JULIA. 

(Insistamos; ¡destrózate, alma mial) Seré dichosa , por- 
que así terminará su loca pretensión. También será usted 
feliz. 

CARLOS. 

I sí, mucho. 

JULIA. 

Las dulN^ras del matrimonio con una joven rica y bella, 
porque su f&^Hira lo es, ¿no es verdad? acabarán por borrar 
de su mente elN^undado capricho que he tenido la des- 
gracia de inspirar' 

CARLOS. 

¡Capricho! ¿qué está>v4iciendo? 

JLIA. 

¿Qué otra cosa pudiera Nr ? Desengáñese Y., amigo 
mió; V. no puede sentir por i5^más que un capricho pa- 
sajero. 

CARLOS. 

¿Pero qué estás diciendoV 

JULIA. 

En cambio , la esposa que le preparan se ha^^'^en otro 
caso , pues su condición social es muy distinta, jxpfrece 
garantías que un enlace desigual no podría brindai% Y. 

CARLOS. [Con ironía.) 

¡Bien, muy bienl 

JULIA. 

Además , su señora madre quiere la felicidad de Y., la 
espera dedichomatrimonio, y creo que el cariño maternal 
no puede aconsejar á Y. un disparate. (¡Ah! no puedo más.) 

CARLOS. 

Calla, calla por el cielo. 

JULIA. 

Por lo que hace á mí, no sería justo que trastornase los 
proyectos de mi bienhechora, y sólo me es dado aspirar á 
quien no tenga que ruborizarse por haberme amado. (Sí, 
soledad y muerte deben ser mi único consorcio.) 



30 

CARLOS. 

¿ Pero á qué objeciones tan inoportunas ? Si tú me 
amas, si jo estoy dispuesto á sacrificarlo todo por tí, ¿por 
qué ponerte ahora de parte de mi madre para darme con- 
sejos que rechazo? Cesa, pues, de atormentarme j no tra- 
tes de oponerte á lo que está resuelto. Deja que triunfe 
un destino tan grato para mí: el de ser tu esposo, en otros 
países á donde no alcanzan las ruines preocupaciones del 
color y de razas que aquí nos mortifican. 

JULIA. 

Pero aquí imperan y aquí vivimos. 

CARLOS. 

¿Qué importa lo que piense de nosotros un^sociedad 
que te denigra, á tí, que debiera considerarp^^íf tus bellas 
prendas, y que eres para mí de más precúy^ue una reina? 
¿Es este pobre país todo el universo? /^ 

JULIA. 

Por desgracia lo es hoy para n^v^^jtros. 

CARL< 

Grande es el mundo y en/í caben muy bien dos cora- 
zones generosos y puros qy^'^ buscan y tienen derecho á la 
felicidad. y 

y^ JULIA. 

¡Ah! 

CARLOS. 

No, no h^. de faltar á dos pobres hijos de Dios un lugar 
en su ip'.xensa obra, para amarle, amándose, y para ben- 
decid con voz agradecida. 

^ JULIA. 

No, Carlos, no debe ser. (Acudamos á otro medio. ¡Dios 
mió, Dios miol Debo hacer cuanto sea dable por persua- 
dirle.) No debe ni puede ser. 

CARLOS. 

Sí será. 

JULIA. 

¿Y qué es eso de amarme sin saber si me es lícito escu- 
char sus votos? ¿Sabe V. si me pertenezco? 

CARLOS. 

Sin embargo, hace poco , cuando mi madre nos inter- 
rumpió, me dijiste que me amabas. 

JULIA. 

¿He podido decir tal cosa? 



31 

CARLOS. 

Vamos, el lance es inaudito. 

JULIA. 

j Ah! ¿qué quería V. que hiciese? Estaba V. tan exigente, 
la señora iba á sorprender nuestra conversación, y dije á 
usted lo que no sentía... Sí , lo que no podía menos de decir 
para salir del apuro... (Quisiera morir en este instante.) 

Carlos. 

¡Cómo! ¡Qué oigol 

JULIA. 

13.10 no debia sentir, ni mucho menos confesar. 

CARLOS. 

¿Eso dicb^^Qué infamia^ jOh! te engañas, Julia; quie- 
ras atormentare por gusto. Te suplico que cese tan hor- 
rible chanza. 

¿Chanza? 

¡Y bien pesada! 

JUlI? 

Óigame Y. (Estoy obligada y [Kl^ cumplir. Yaya pues, 
y que Dios tenga piedad de mi.) 

CARLOS. 

¿Qué piensas?... Habla, por Dios. 

JULIA. 

No puedo ser de Y. jamás ; ya he dicho que no D^. per- 
tenezco. 

CARLOS. 

jNo comprendo!... 

JULIA. 

Pues compréndalo Y., y no me importune más; sería 
inútil. Estoy enamorada de otro. 

CARLOS. 

¡Qué dices! 

JULIA. 

Suplico á Y. que no me hable más de amor; no me es lí- 
cito escucharle sin faltar á la fe jurada. 

CARLOS. 

Entonces... 



32 

JULIA. (Con afectada firmeza,) 

Basta, por Dios. (¡Cielos, ténmelo encuental ¿Qué más 
exiges de mí?) 

ESCET3"A DÉCIMA. 
Dichos. LA CONDESA. 

CONDESA. 

Hijo mió, entérate de eso. [Le da un papel.) 

CARLOS. 

Madre, por piedad... 

CONDESA. yff 

Sí, lee. y^r 

CARLOS. 

¿ Qué quiere decir esto ? Mi cabezr'uo está para com- 
prender, ni para discurrir, ni parodiada. 

CONDE^. 

La ejecución de nuestro i^Vjor ingenio ; lo único libre 
que nos quedaba. /V 

/ARLOS. 

¿Y qué me import? "d fortuna? 

- CONDESA. 

Pues bien: r xiunciaré mi título, el nombre de una anti- 
gua famil> /\^o seré jo quien lleve un título sin rentas. 
j Y ser p'-^^mí en quien deba morir un nombre benemérito! 
Darp-¿^sto á mi hijo aun á costa de mi sonrojo. ¡Todo sea 
po: Dios..^ sea lo que quieras^ hijo miol 

CARLOS, f Indeciso.) 

Madre... (Acercándose á Julia.) Julia, una palabra. 

JULIA. 

Debe V. casarse; no puedo amarle. 

CARLOS. 

Pero... 

JULIA, 

Ya lo dije... amo á otro, soy de otro. 

CARLOS. 

¡Qué escucho! 

JULIA. 

Me fuerza Y. á decirlo: no seré de Y. jamás. 



33 

CONDESA. 

¿Qué ocurre? 

JULIA. {A Carlos,) 
jPorDios, silencio! 

CARLOS. (Con f Ha desesperación.) 
Señora... estoy resuelto. 

CONDESA. 

¡Qué! 

CARLOS. 

xC casaré. 

CONDESA. (Abrazándole,) 

Gracia^v^ijo mió, gracias. Voy á disponerlo todo. Julia, 
gracias á íf^mbien. (Le estrecha las manos,) \ Jesús , qué 
manos tan fri^^Gracias por haberle aconsejado la razón. 
Ven , muchacn^ vamos a prepararlo todo, j Mi buen 
Carlos! (Vánse.) 

[Carlos^ después de i^^salir d Julia, se deja caer en %n 
sillón con abatimiento,] 



%j;ri 



U 



CAE EL TELÓN. 



^ 



ACTO SECxUNDO. 



Sala en casa de la condesa, formada por telón de arcos. 7^1 paso entre 
éste y el de fondo conduce del exterior , que se su^ie á la derecha 
del actor, al interior de la casa que se supone áJf izquierda. De este 
lado y cerca del proscenio una puerta; á la d^/^ilia un balcón ó ven- 
tana en segundo término. 



ESCENA mJMERA. 

JULIA. (Sercdda leyendo,) 

« Bienaventurados^s que lloran, porque ellos serán 
consolados.» {Dem^ó leer.) jAhl ¡quién tuviera en el alma 
la serenidad cg^^ue el divino profeta de Nazareth emitia 
estas palakp^í¡Los que lloran serán consolados! Quizá no 
soy áignpyíe consuelo, pues en vano le busco. ¡Libro afec- 
tuosaí^iii único amigo en esta soledad de mi existencia! 
Tu^'ulces palabras serian bálsamo eficaz para mi alma, 
si su herida no fuese incurable. Hoy es dia decisivo para 
mi. En breve llegarán ella y D. Críspulo. La condesa, de- 
seosa de obsequiarles, ha insistido en que la exploración 
de las voluntades se verifique aquí y no en casa de la 
novia , según costumbre : esto aumentará mi tormento. 
Ojalá que pueda yo tener la serenidad y firmeza que ne- 
cesito y de que empiezo á carecer. ¡Ahí ¡si pudiese aban- 
donar esta casa! 

ESCENA SEGUNDA. 

JULIA, D. CRISPÓLO, EMILIA. 

CRÍSPULO. 

Buenas noches, muchacha. Mi señora la condesa... 



35 

EMILIA. [Con desden,) 
Adiós... 

JULIA. 

Sírvanse ustedes tomar asiento ; no tardará en venir, 
voy á avisarla. (¡Tan orgullosal) {Vase.) 

ESCENA TERCERA. 
D. CRISPÓLO, EMILIA. 

CRÍSPULO. 

Gracit5v\mucliacha es esta Julia, pero un poco mal 
criada : tra^S^ todo el mundo como si fuese su igual. Ya 
se ve: ¡la conáv^ la tiene tan consentida! 

EMILIA. 

¿ Graciosa dice V.'^^pá ? En su clase no diré que no; 
aunque pretende vestiix darse el tono y maneras de se- 
ñorita, siempre se trasluc^^u condición. 

crísSjlo. 

En eso no estamos de acuei^: es casi blanca ó lo pa- 
rece, es bonita, fina y elegante T^jiino supiésemos que es 
hija de una mulata esclava, seguiíNft dice, tal vez la ad- 
mitiríamos como á otros que tratan dé uT^imular su origen 
entre las personas bien nacidas. 

EMILIA. 

Algo da el roce con su señora y algo toma de lay^eentes 
con quienes aquella se trata. Y en verdad que hacb'^nuy 
mal la condesa en imponerla á sus conocidos. Por poco;, á 
no haberla mirado con el desden que merece... ¡qué sé 
yol Creo que se hubiese atrevido á darme la mano. 

CRÍSPÜLO. 

Emilia , es necesario tener un poco de indulgencia, no 
por ella precisamente, sino por la condesa, que pronto 
será tu suegra. 

EMILIA. 

No tfansijo con mulatas. 

CRISPULO. 

La muchacha es crianza suya, como suele decirse, y la 
quiere y estima , habiéndola educado cual si fuese una 
joven decente; forzoso es no disgustar á una señora tan 
principal, mostrando repugnancia hacia su obra. 



36 

EMILIA. 

Con tal que esa muchacha no pretenda emparejarse... 
Además, no veo que tengamos que adular tanto á la con- 
desa; no somos tan pobretones. Al paso que ella... 

CRÍSPULO. 

No está muy boyante que digamos. 

EMILIA. 

Si su hijo lleva un título, yo llevaré lo que acaso tenga 
que envidiarnos. M yo estoy tan descontenta de mi mé- 
rito: cada cual lo suyo. 

CRÍSPULO. 

Pero enlazarte con un apellido como el suyo vaj^igo. 

EMILIA. 

Yo creo que no tanto como para acept^^j sin condi- 
ciones. 

CRÍSPULO. 

Pero eso de que tus hijos puedag/íer parientes del rey 
que rabió... 

EMI] 

¡Vaya! 

CR^jPULO. 

La condesa me dijo el/^'o dia que tiene qué sé yo cuán- 
tos abuelos. 

^ EMILIA. 

jToma! abijároslos tiene todo el mundo. 

CRÍSPULO. 

Perp^ttO conocidos. ¿ Sé yo por ventura quiénes fueron 
los^imeros de mi apellido que hubo en el mundo? 

EMILIA. 

¿Y qué fáltale hace eso? Llamarse condesa es algo, pero 
lo de adquirir genealogías, usted mismo me ha dicho que 
es muy fácil. 

CRÍSPULO. 

No señora. El mundo burlón distingue las legítimas de 
las supuestas, y por lo tanto aquellas son preferibles. Ta- 
les cosas, aunque nada valen en apariencia, no dejan de 
darle á uno cierta importancia y son más positivas de lo 
que se piensa. 

EMILIA. 

^'e^d;ld es que muchos afectan desdeñarlas y las buscan. 

CRÍSPULO. 

"i . franco. Cuiiiido comencé á tener dinero. 



31 

creia que el oro era lo mejor del mundo; pero luego que lo 
tuve en abundancia, me pareció que necesitaba otra cosa 
para hacerlo valer. Es singular: al oro sienta bien el 
oropel. 

EMILIA. 

No lo creo, papá. 

CRÍSPULO. 

Yo tengo que encondarme 6 enmarquesarme para que ol- 
viden que vine á América como polizón. 

EMILIA. [Avergonzada,] 

íi^, papá, qué cosas dice Y. I 

CRÍSPULO. 

Además, ^Niiero que puedas pavonearte llamándote 
condesa. ^^s^ 

EMILIA. 

Pero papá, ¿no pcNña yo serlo con tanto dinero como 
tiene Y. para conseguN^o, sin recurrir á un casamiento? 
A la verdad, me hallo níw bien soltera. 

CRil^ULO. 

No conviene. 

EMILÍ 

¡Es un gusto tener varios pretení'^tes que adulan, que 
ruegan, que la dicen á una tantas cuXs agradables, na- 
ciéndose pedazos por complacerla, porqbifi acepte de sus 
manos un ramillete, ó baile con ellos una '(zb3^af 

CRÍSPULO. 

Repito que no conviene. 

EMILIA. 

Y luego tener el gusto de hacerles esperar ó de lanzar- 
les un no que les desconsuele... jja! en casándome, todo 
esto se acabará. 

CRÍSPULO. 

Nada de eso está bien , señorita. En cuanto á mí, pudiera 
hacerme conde de Bemba 6 marqués de la Macagua, pero 
son solares muy*nuevos y hasta oscuros; y como todos en 
la Habana me conocen por D. Críspulo, sucedería, que al 
llamarme conde de Bemba, por ejemplo, ¿quién es él? pre- 
guntarían. Hombre, ¿quién va áser? D. Críspulo; teniendo 
al fin que firmar para ser reconocido: El conde de Bemba 
(alias) D. aríspulo. jBuena se armaría entonces en el mue- 
lle y en otros puntos de la ciudad donde soy tan cono- 
cido! Luego tú al llamarte por herencia la condesita de 
Bemba... 



EMILIA. 

jUfl ¡qué título I 

CRÍSPULO. 

' Otros hay peores. Te verías expuesta á que añadieran: 
la hija de D. Críspulo; j eso de D. Críspulo á secas es cosa 
intolerable. No, hija mia; quiero dejar de ser el villano 
enriquecido; quisiera ser llamado conde de la Edad- 
Media, ó qué sé yo, como dice la condesa tu futura suegra. 

EMILIA. 

Yo lo decía, porque me place mucho estar en aptij>^ a 
de elegir... y luego, como soy rica, tengo de sobra ^p^ion 
para hacerlo cuando y como quiera. 

CRÍSPULO. 

No es tan fácil. y^* 

EMILIA. 

Será así para las que no tienen sobrjp^ué caerse muertas. 

CRÍSPULO, 

Para todas. 

EMlTiA. 

Tanta precipitación es p/^^ia de las que temen quedarse 
para tías ó vestir imág^Ji^js. 

CRÍSPULO. 

Siempre conp^e hacerlo pronto. 

EMILIA. 

No, pjX-í-, yo no estoy en ese caso. 

CRÍSPULO. 

^ódas las mujeres lo están. 

EMILIA. 

¿Yo también? 

CRÍSPULO. 

También; bueno es lo seguro. 

EMILIA. 

Papá, y. me ofende. * 

CRÍSPULO. 

Nada de eso. 

EMILIA. 

Usted supone que yo no tengo mérito suficiente. 

CRÍSPULO. 

¿Quién ha dicho tal? 



X 



'v^ 



39 

EMILIA. 

Cuando todo el mundo me halaga y me dicen cuantos 
me conocen que soy bonita, que soy adorable. 

CRISPULO. 

Te adulan porque quieren tu dinero, y este puede per- 
derse. 

EMILIA. 

Papá, está Y. muy cruel conmigo, muy tirano. 

CRÍSPÜLO. 

<a verdad en medio de todo. 

EMILIA. 

Pues^JXno quiero que me la digan. No puedo sufrirla, 
no quievoy^ora,) 

CRÍSPULO. 

Pero muchacbi 

EMILIA. 

Nada: V. no quiere a\n hija cuando así la trata. 

G^>Í3PUL0. 

¿Que no te quiero? 

EMILj 

No señor... 

CRISPULO. 

Pero calla por Dios, que viene la conüt:^^ (Será lo que 
tú quieras.) 

ESCENA CUARTA. 

■ \ 

Dichos. LA CONDESA. 
CONDESA. 

Buenas noches, Sr. D. Críspulo; adiós, Emilia. {Se besan.) 

EMILIA. 

Señora... 

CRfsPULO. 

Beso los pies de mi señora la condesa. 

CONDESA. 

Tomen ustedes asiento. Habrá que aguardar un poco, 
pues no han venido aún los de la curia. 

CRfsPULO. 

¿Con que vamos á ser, como quien dice, hermanos? 



40 

CONDESA. [Sonrojada,) 
Así parece. 

CRISPULO. 

jOhí señora, cuánta es mi satisfacción. ¡Ver la nobleza 
de la sangre y la del dinero enlazadas en nuestros hijosl 

CONDESA. 

No muestra Emilia la misma satisfacción; por lo menos, 
guarda silencio. 

CRISPULO. 

Quien calla otorga. 

EMILIA. 

Repito lo que dije hace poco á mi papá: qup^por miij 
halagüeño que me parezca el matrimonio,^^nto perder 
la libertad á que estoy acostumbrada. 

CONDESA. 

¿Y por qué habria Y. de perderla^J^ 

EMILIA. 

Cuando una está acostumbraba á hacer su gusto, por- 
que papá es tan bueno que/jíe ha dejado hacer siempre 
mi voluntad, teme una cnxyyoi marido que se la propone 
no piense del mismo map^. 

fí^CRÍSPULO. 

Todo lo hace u^ buena elección. 

EMILIA. 

Eso, c^;j?a)'V. comprenderá, es natural que me inspire 
algun^^ésconfianza, y que el casamiento se mire por una 
jóveK como yo, con cierta prevención desfavorable. 

CONDESA. 

En tal caso, Emilia, puede V. estar.satisfecha. Mi hijo 
es sobrado leal y generoso para tiranizar á la que lleve su 
nombre: respondo de él en este concepto como en lo demás. 
Creo por lo tanto, que llegareis á ser muy dichosos, y que 
su papá y yo no tendremos que arrepentimos de haber 
promovido vuestro enlace: así me lo prometo. 

CRISPULO. 

La señora condesa tiene razón. ¿No es verdad, hija mia? 

EMILIA. {Como distraída*) 
Sí... 



41 

ESCEIsrA QUINTA. 

Dichos. JULIA y luego CARLOS. 

JULIA. 

Señora, el notario eclesiástico j los testigos aguardan 
en el salón. 

CONDESA. 

Oyen ustedes? Llegó el momento de tomar los dicJios 
á'^'^tó^ novios. Es trámite de costumbre. He suplicado á 
usteuVme permitiesen verifícar esta ceremonia en casa, 
con elnyvde obsequiarles con una corta fiesta que deseo 
sea de su gS^o. Y Carlos, ¿dónde está? 

CRÍSPULO. 

Véale Y. "^ ^ 

[LOS. [Saliendo >) 
(Valor, sosten mi cue^o.) 

,IA. 

( ; Dios mió I Ya que aceptN^s mi sacrificio , dadme las 
fuerzas necesarias para cumpl/^o.) 

CRÍSPULOJ 

Bien venido el novio. 

CARLOS. (Saluda con /riala^, 
Señorita... 

EMILIA. [ídem.) 
Adiós, Carlos. 

CONDESA. 

Carlos, el brazo á tu novia. (Animo, por Dios.) Pasemos 
al salón. 

CRÍSPULO, [Dándola el brazo.) 
Señora condesa... (Yanse menos Julia.) 

ESCENA SEXTA. 

JULIA. (Sola.) 

¡No se aman y van á unirse! El sí que van á pronunciar 
es una blasfemia: jen mis labios y en los de Carlos sería 
una verdad que nos abriría en la tierra un paraíso! Cuando 
pienso que podría decir á esa joven altanera: «Un puesto 
ue sólo el amor debe dar, no pertenece á V. ; V. es indigna 
e estrechar esa mano. Ese hombre tampoco la pertenece, 



I 



42 

porque ama á otra, porque me ama, sí, á mí, y porque yo 
le idolatro. Usted con toda su soberbia no es capaz de com- 
prender ni estimar ese tesoro. Ese tesoro pertenece á la 
pobre mujer que V. desprecia , pero que tiene más dere- 
cho que V. al puesto que fríamente le ha robado. Escuche 
usted, mujer vanidosa y yerta como el egoísmo. ¿Quiere 
usted hacer la prueba? Pronuncie el nombre de Julia á 
á los oídos de ese hombre, y verá cómo palpita su co- 
razón.» ;Ah! sí , debe abrasarse al oír este nombre , como 
se abrasa el mío en estos momentos; sólo que él podrá ta> 
vez disimularlo, y yo estoy á punto de morir. No, no pu^-íTo 
más. No debo dejar que el ingrato me inmole así. ¿ÍD^.áto 
él cuando sólo aguardaba mi respuesta para ser xfio toda 
la vida? ¡Ahí la ingrata soy yo; jpero soy tan ¿graciada! 
Debo ir á impedir un enlace que me asesinar^ después... 
después moriré; pero mi muerte le deifífia desolado y 
triste; yo quisiera que fuese feliz... íI>w<s mío! ¡Dios mío! 
Serena mi frente, mi cabeza, porque/oy á volverme loca. 
— Viviendo él, quizá llegaría á am/íla... no, no; estoy re- 
suelta: debo impedir tan sacríle^^O enlace; que viva y ame 
á quien yo no conozca, cuarn^ yo lo ignore y no pueda 
estorbarlo... Sí, sí, voy á imn^irlo, y sea lo que Dios quiera. 
fVa á salir y se detiene al yyr á Luis que viene de la calle.) 

E§P^A SÉPTIMA. 
JULIA, LUIS, 

JULIA. 

I A], 

LUIS. 

Dígame V.... Carlos... 

JULIA. 

Está... no sé... ¡ahí (Se oprime las sienes en actitud de- 
sesperada,) 

LUIS. 

¿Qué tiene V. ? Está Y. muy conmovida; tranquilícese 
usted. 

[Julia, muda de dolor y desesperación, le muestra con un 
consternado ademan á Carlos y Emilia que salen del 
brazo y seguidos de D, Crispulo y la Condesa. Y ase con 
precipitación por la izquierda.) 

LUIS. [Solo.) 

La turbación de esa joven , la repugnancia de Carlos 
hacia la boda... Yamos, aquí hay gato encerrado. 



,/ 



43 

ESCENA OCTAVA. 
LUIS, LA CONDESA, D.CRISPULO, EMILIA, CARLOS. 

CRÍSPULO. 

En mi vida he visto novios tan frios; puede decirse que 
se aman con la más completa indiferencia. 

CONDESA. 

comprende: la turbación del momento... porque al 
fin ,'N^aso es harto serio ; confío , sin embargo , en que 
semejar^ frialdad desaparezca tan luego como ambos 
tengan otS^on de conocerse más y de apreciarse mejor. 

CARLOS. 

Hola, Luis, ¿q'T^^traes de nuevo? {A Crispulo y Emilia,) 
Mi amigo D. Luis cSi Robles. 

[Sitúanse los interloculSres del modo siguiente: A la derecha 
la Condesa y D. Crispdo sentados en un sofá, conver- 
san entre sí. Emilia, senSda junto al velador que habrá 
al otro extremo, se entretiSsen hojear un állum, Carlos 
'¡permanece dej^iéen el centroM^ la escena,] 

EMILIA. 

({Callal Es mi enamorado incógniw 

LUIS. [Después de saludar á todos en gdP^l, se dirige á 

Carlos*) 

¿Al fin te has resuelto? 

CARLOS. 

¿Qué quieres? Pero no me hables de eso. 

LUIS. 

Insisto porque me parece que no estás contento. 

CRÍSPULO. [A la Condesa indicando una condecoración que él 

lleva al pecho,) 

Me la consiguió un amigo de Madrid; por cierto que 
bien cara me cuesta. No es esto decir que me deje llevar 
mucho de estos colgajos, pero ya comprenderá V. que 
suelen ser convenientes. 

CONDESA. 

(Así dicen todos.) 

LUIS. [A Carlos.) 

¡Qué escucho! ¿Según eso, te alegrarías de que el casa- 
miento no se verificase? 



44 

CARLOS. 

Cuidado, que pueden oirte. 

EMILIA. [Dejando en la mesa el álbum,) 

([Jesús, qué fastidiol Y ese joven es amigo de Carlos. 
¿Qué se dirán?) 

LUIS. [Reflexionando,] 
Un nuevo capricho de la novia produciria tal vez su 
resistencia al pactado himeneo; retrocediendo ella, tendría 
Carlos ocasión de hacer lo propio. En ello, el beneficio j/^ 
recibiríamos ambos; creo que puedo proceder sin ofep^r 
á mi amigo. Vamos allá. (^S^^ dirige d Emilia y sal'u^/,) 

EMILIA. 

Caballero, tengo mucho gusto... (Me p^be todavía 
más simpático de cerca.) 

CONDESA. 

jQué hace Luis! 

CRISPULOy 

¿Señora, no me oje V.? 

CONDESA. 

jAh! Sí señor: decia Y/^ue se promete un asiento en el 
Senado. Creo que no s^^ difícil conseguirlo; tengo bas- 
tantes amigos en la^rte; ya se ve, el nombre de una an- 
tigua familia cojRfy á la que va V. á enlazarse, no puede 
olvidarse fácikiíente. (jQaé hablarán esos muchachos! Si 
vendrá eVp^co de Luis á entorpecer...) 

EMILIA. [A Luis,) 

Efifí'tivamente: la verdadera simpatía puede hacer de 
un recien conocido, un amigo de muchos años. 

LUIS. 

Observo que el novio está algo caviloso j como intran- 
quilo: no es así como debe mostrarse un hombre tan di- 
choso. ' 

^ EMILIA. 

¡Dichoso! ¿Qué dice Y.? 

LUIS. 

Por lo menos, me inspira bastante envidia. Eso de verle 
amado... 

EMILIA. 

¡Ya! 

LUIS. 

Por una señorita como V. . . 




45 

EMILIA. 

¿Amado? ¡Bahl 

[Carlos^ que desde que presentó á Luis se ha mantenido pa- 
seando 2^ or el fondo como pensativo, al ver que la Condesa 
trata de hahlarley se acerca a ella,) 

CONDESA. [A Carlos.) 

¿Por qué abandonas tu puesto? 

CARLOS. 

Déjeles V., señora. Están más á gusto que si yo les in- 
Tumpiera. Además, no debo desde ahora darla de ce- 

'\, CONDESA. ^ 

Peroí ^ indiferencia no es oportuna. 

CARLOS. 

Ella está m-ar contenta así. Ahora no bostezará como 
suele hacerlo á liri lado; él sabe hablarla como á ella 
gusta. Apuesto á q».*^. tratan de modas, de ópera y danzas, 
ó que murmuran de tdo el mundo. Ambos actores están 
en su cuerda respectiva, 4ástima fuera interrumpirles. 

EMILIA (^ Z^Z^.) 

Y dice Y. que Julia, esa jóv;^^ que tan mal criada y en- 
greída tiene la condesa... jPuv«! no se ha de conocer I... 
Obsérvela Y. bien cuando la veL'-de cerca: la mezcla de 
sangre tiene señales infalibles. Usu-^ me dirá, que por 
qué soy tan severa con ella, cuando ha> '"(3jitos y tantas de 
su estofa en nuestra buena sociedad, que pVean por lo que 
no son; pero Y. comprenderá que los tales, p». ; lo menos, 
ya están admitidos. Así anda ello: es un agiacCm(íd\iñ- 
cable. '"> 

LUIS. 

Un verdadero melange, 

EMILIA. 

¿Cómo? 

LUIS. 

Lo mismo que baturrillo, mescolanza. 

EMILIA. 

Sí, eso es. ¿Qué quiere Y.? Es una cosa insufrible. 

LUIS. 

(Cualquiera diría que esta Emilia no tiene^ nada que 
echarse en cara en la materia; pero eso, ¿quién lo sabe? 
No será ella por cierto quien lo revele.) 

EMILIA. 

¿Qué decía Y.? Algo decía Y. entre dientes... 



46 

LUIS. 

Nada absolutamente. 

EMILIA. 

Vamos, ¿qué decia V.? 

LUIS. ' 

Que tiene V. sobrada razón, que es un melange insuppoT'- 
talle. 

CONDESA. 

Sí, D. Críspulo, estoy con Y. en lo que me cuenta: esoí 
nobles de ayer son insufribles, al paso que la gent^/^^e 
cuño viejo es más tratable. Ya se ve: en éstos es m/aral 
lo que en los otros artificio. Sobre todo, \q^ alias Jr<}^^ ya 
hemos hablado... Sí, porque más bien pareceg^^odos que 
títulos. 

, LUIS. [A Emilia.) 

Pero ¿á qué ocuparnos tanto en o^en no lo merece? 
Hablemos del gran mundo, de aquo^s sociedades que he 
frecuentado y de que sería V. el^^amento más gracioso. 

EMILj 

¡Cuánto desearía conocer!^! 

.UIS. 

Y con sobrada razim^o desea Y. jQué lástima que una 
perla como Y. áetof^^lm, se vea distante de aquel mun- 
do, en que podj^j^ucir sus bellísimos cambiantes! 

EMILIA. 

Siento/ftie á papá no le haya ocurrido llevarme por esos 
manc^^ donde, como Y. dice y dicen todos, se vive tan 
bien y se goza tanto; pero papá con el cuento de los nego- 
cios... á lo menos tal es la respuesta que siempre ha dado 
como disculpa á mis indicaciones de viajar... Pero á pe- 
sar de todo, Y. no habrá encontrado nada como nuestra 
Habana. 

LUIS. 

Es ciertamente grande el cariño que profeso á mi ciudad 
natal ; pero tengo que confesar que es un villorrio com- 
parado con las famosas capitales de que hablo á Y. 

EMILIA. 

En verdad que si por algo consentiré en casarme , será 
por hacer que mi marido me lleve á viajar, á París sobre 
todo; iqué hermoso debe serl 

LUIS. 

iOh, ohl 




47 

EMILIA. 

A pesar de que no sé si Carlos pensará también salirme 
con el impedimento de los negocios; pero no debe ser así, 
porque yo no pretendo viajar con el dinero de él ni de 
nadie, sino con el mió, con el que papá ha trabajado y está 
ganando para mí. 

LUIS. 

Justamente. 

EMILIA. 

ira que yo sea muy rica siempre y haga mi gusto. 

LUIS. 

■jSopTS'lvva veríamos.) 

EMILIA. 

« 
Por eso querrla^saber antes de Casarme , si mi marido 

será tan complaciuíite como papá. 

LUIS. 

Aun es tiempo. , 

EMTLIA. 

¡Cómo! 

CARLOS. {Que los observa ^^ vez en cuando.) 
Cuando digo que Dios los cria y Jlos se juntan... 

CONDESA. 

(Tiempo es ya de interrumpir la conversen v'on de aquellos 
niños.) Continúe Y., Sr. D. Críspulo. (Agraavr''.canme que 
no quiero parecer á Emilia demasiado importuu..^^j^ que si 
no...) [A Oris^ulo.) Bien, muy bien, amigo vsi\o.\Mto.) 
Vamos , pronto sonará la orquesta. [Al ver que algunos 
caballeros y señoras pasan por el foro con dirección al salón,) 
Ya los convidados inundan el salón. He querido festejar 
á los novios con un poco de música y baile, no tanto por- 
que me place celebrar este dia , cuanto para que vean 
ambos, que no soy intolerante con los placeres de la ju- 
ventud. Todo va á ser alegría. [Se oye una orquesta que 
toca danza criolla.) A propósito, ya tocan una danza. 

EMILIA. 

|Ah! ¡qué bueno! 

LUIS. 

¡Qué oigo! Esta -danza es ¿para quién? 

CONDESA. 

Carlos, la primera es de rigor. 



48 

CARLOS. 

Sí señora , haré lo que Y. ordene. (Estoy hecho un au- 
tómata.) Emilia... [Invitándola.) 

EMILIA. [A LiiiSy indicándole á Carlos co?i pesar mal 

disimulado.) 

Ya V. ve... Bailaremos la segunda. 

LUIS. [Alto.) 

Muy bien. [A Emilia.) Ya á parecerme demasiado larga. 
(Esto va en popa, y no pierdo la esperanza. ¡Dirá Carlos, 
que no sirvo para nada ! En este terreno le desafío. Q^j- 
venga aquí con sus librotes y su juicio. ¡Bah, bali^. ^ dñ! 
[V ase tras la pareja.) ^.^^ 

CONDESA. ^^ 

Yamos también. 

CRÍSPULO. 

Los que ya no bailamos... En fin , buscaré á B. Serapio 
y jugaremos al tresillo. [Yase dando el hrazo á la Condesa.) 

ESCENA NOVENA. 
JULIA, lu/;go JORGE. 

JULIA. [Soliendo p0- la puerta de la izquierda.) 

jSe van á bailar! Wias tienen galanes, amigas, y yo... 
no tengo una sola^/í?niga, y el que podría ser para mí otra 
cosa más grat^-^írcaba de serme robado. 

^-^ JORGE. [Con librea de gala.) 

jCói^i^ Julia! ¿Qué haces por aquí? jAh! j qué cara tie- 
nes ^Mn demudada! Tá sufres; cuéntame. Sabes que si 
ellos te rechazan, yo soy tu amigo. \ Pobre Julia I ¡ Si su- 
piesen que á pesar de tu clase, podrías ir y decirles tantas 
cosas! Cosas que harían temblar á alguno de los que se 
están divirtiendo en ese salón. Mi señora no ha debido 
ocultártelo tanto tiempo; pero ella calla, yo debo también 
callar; guardaré silencio... Además, no sé si mis palabras 
te harían más desgraciada. 

JULIA. 

¿Qué dices, Jorge? No te entiendo. 

JORGE. 

Es una historia que cada vez que te veo triste, y sobre 
todo, cuando comprendo por qué lo estás, viene á mi me- 
moria. Pero se acerca mi amito, y voy á servir á los Man- 
cos. Ea, Jorge, ciérrala boca, y á tu obligación. [Vase ha- 
cia el salón de baile.) 



- 49 

ESCENA DÉCIMA. 

JULIA, GARLOS. 

CARLOS. [Sin ver á Julia.) 
He endosado á Luis el resto de la danza, y vengo hu- 
yendo de ese salón en donde todo es tedio para mí... ¡Qué 
veo! jJulial 

JULIA. 

^Carlos! ¿Estaba V. tan mal en el baile, que así aban- 
d^^á su pareja? ¿Cuánto mejor no se pasa allí? Se baila, 
se g^^se ama tal vez ( en tanto que aquí se sufre, se 
llora). 

CARLOS. 

Tú lo has querido... pero estás conmovida , sufres de- 
masiado. Dices que allí se ama. ¿Quién? ¿Yo por ventura? 
¿No has tenido la crueldad de decirme que amas á otro? 
¡Oh! no lo puedo creer. Dime que has mentido para obli- 
garme á obedecer á mi madre. 

JULIA. 

jOhl 

CARLOS. 

Sí, has mentido , porque tú no piL-^.es amar á otro que 
á mí. ¿No es verdad que no amas á ow^*^ ¿que es á mí á 
quien amas? 

JULIA. '^ 

Dios no lo quiere así. 

CARLOS. 

¡Dios, DiosI Él nos ha puesto juntos en la misma senda. 
Los hombres, son los hombres los que pretenden separar- 
nos. Dios quiere la fraternidad entre sus hijos. El no ha 
creado las preocupaciores sociales: él las combate con sus 
leyes de amor. 

JULIA. 

jAhl Carlos, huya V. de mí: piedad le pide mi corazón. 

CARLOS. 

¿Piedad de tí? Pídeme amor. 

JULIA. 

¡Carlos, Carlos! 

CARLOS. 

Pero tu acento, tus miradas, tu corazón te venden, ¡ahí 
Si no me amas, dímelo d^ otro modo para que lo crea. 

4 



/^ 



50 

JLUIA. 

(¡Qué lucha, Dios mió!) Por Dios, que van á encontrar- 
nos aquí... Hágalo V. por mí... 

CARLOS. 

Por tí,*sí; por tí hasta mi vida, hasta mi felicidad. 

JULIA. 

No, tal felicidad sería un remordimiento para mí. Y 
luego, acaso algún dia^ su familia odiándome por haber ^ 
amado á V., viéndome como la mancha de su nombre. x 
sufrir su desprecio... [ahí ¡nol Y V. tal vez entonces., X' 

CARLOS. 

Yo... ¿qué? / 

JULIA. 

Usted participando de su desden, de mi oprobio, de mi 
remordimiento... 

CARLOS. 

Julia, estás loca; ¿qué profieres, qué pretendes? 

JULIA. 

jOhl no puede ser. Morir y nada más sólo me resta. 

y CARLOS. 

No, tu me amas,^;;^ amo y no puedo consentir en tu des- 
gracia. Yo adorí< a Dios en tí , porque eres tú su ángel 
más hermos;>^ xláblenme de distancias sociales; las des- 
precio, y X< adoro. 

^^ JULIA. [Con ternura,) 

Carlos... 

[Este la toma las manos,) 

JULIA. [Retirándolas,) 
jAh! no, no. 

ESCENA UNDÉCIMA. 

Dichos. EMILIA y LUIS del brazo, han podido ver el movimiento 
de Carlos por retener las manos de Julia. D. GRISPÜLO y LA 

GOiNDESA. 

EMILIA. 

¡Qué veo! 

JULIA Y CARLOS. [Con sorpresa,) 
(Ah! 

EMILIA. 

Eso solóme faltaba; jqué osadíal (Se desprende del brazo 



51 

de Luis, y dice á D, Crispulo.) Señor, yo no debo sufrir se- 
mejante ofensa. 

CONDESA. 

i Qué I 

CRÍSPULO. 

¿Qué me dices, hija mia? {Emilia le habla al oido.) Se- 
^,^ ñora condesa, se hace á mi hija el poco favor de... 

* CONDESA. 

Cómo? 

JULIA. 

(¡DÍSNnio, ampararme!) 

CRÍSPULO. 

¡Creer que mi hija pueda aceptar semejante compe- 
tencia! 

CONDESA. 

Señor mió, no comprendo... 

CARLOS. 

Pero yo no puedo consentir... 

JULIA, (-á Carlos.) 
Silencio... o^ 

LUIS. 

(jEsto se enreda; magnífico!) 

EMILIA. í. ' 

No hay que dudarlo: aquí estaban muy asiQv^s de las 
manos. 

CONDESA. 

jQué escucho! 

CARLOS Y JULIA. 

(¡Qué dice!) 

EMILIA. (A Luis.) 

¿"No es verdad, caballero? 

LUIS. 

Es... innegable. 

CRÍSPULO. 

Señora, ya V. lo ve. 

CONDESA. 

Poco á poco: creo que ambos exageran... Carlos, Julia: 
expliqúense ustedes. 



52 

EMILIA. 

jLa muy atrevida! 

LUIS. 

({Cuando digo que la boda no se hará!) 

CONDESA. 

Caballero, no está bien que Emilia insulte así á esa mu- 
chacha. (|OhI ¡quién lo imaginara!) 

EMILIA. 

¡Sí, eso es; calle Y., papá, y deje que se me rivalice con. 
una... mulata! ^f^'' 

Carlos. 
¡Señorita!... 

JULIA. ^^ 

I Ahí [Cae desmayada, en el sofá de la üquierda.) 

CARLOS. [Acudiendo d ella,) 
jJulia! 

CONDESA. [ínter 'poniendo se,) 

Carlos, no es ese tu lugar. 

EMILIA. 

No se apuren ustedes, es fingido: todas ellas son así... 
¡tan melindrosasl 

^ CARLOS. 

Señorita, ¡muy bj^l 

,/?í;NDESA. [A D. Crispulo.) 

Disimule^^esta ocurrencia. Yo tomaré un partido que 
pondrá ^^^da uno en su lugar. 

' CRÍSPULO. 

Pero... 

EMILIA. 

La boda no debe hacerse. Adiós, señora. Vamos, papá; 
basta de baile. 

LUIS. 

(Y no se hará, según parece.) 

CRÍSPULO. [Yéndose del brazo con Emilia,) 
¡Y todo ello por una mulata! 

LUIS. 

(Anda Luis, camina con valor tras [Indicando á D . Gris- 
pulo.) la fortuna.] [Vase tras ellos.) 

CONDESA. [A Carlos en tono de reconvención.) 
¡Carlos! [Vase á cuidar de Julia,) 
[(Jarlos permanece como abismado en su pensamiento.) 

CAE EL TELÓN. 



ACTO TERCERO 




La decoración del segundo acto. 

ESCENA PRIMERA. 

LA CONDESA, JORGE. 

JORGE. 

Sí señora ; acaba de verla el médico , y dice que la ca- 
lentura continúa bastante fuerte. 

CONDESA. 

jPobre muchacha! Ha pasado una noche muy agitada. 
Yo estuve, como sabes, á su cabecera hasta más de las 
doce. ¿Dices que en lo restante no decaansó? 

JORGE. 

No señora; según Juana, que veló junto á ella desde 
que se separó su merced, ha estado Julia con mucha in- 
quietud y como delirando. No ha cesado de hablar de la 
muerte y otras cosas muy tristes, nombrando á su merced 
y al niño Carlos á cada momento , en medio de palabras 
que no hemos podido comprender. 

CONDESA. 

¿Y mi hijo? 

JORGE. 

Parece que tampoco la pasó muy bien ; le he sentido 
andar por su habitación toda la noche. Salió desde muy 
temprano y no ha vuelto; sin duda habrá almorzado fuera. 

CONDESA. [Mirando su reloj.) 
jSon las dos de la tarde! Di á Juana que me espere en 
mi cuarto; allá iré dentro de algunos minutos; que no dejen 
un instante sola á la enferma. 

JORGE. 

Se hará lo que manda su merced. [Vase.) 



54 
ESCENA SEGUNDA. 

CONDESA. [Sola.) 

¡Lástima me causa esa infeliz ; pero ha abusado cruel- 
mente de mis bondades! Quiero suponer que haya sido 
alucinada por Carlos, cuyas ideas de llaneza me causaron 
siempre el mayor disgusto ; pero darle oidos , alentando 
tal vez sus esperanzas , entorpecer así mis proyectos, es 
cosa que no puedo perdonarla. Preciso es que salga ella 
de casa y que no vuelvan á verse. Y gracias que he logrado 
persuadir de nuevo á D. Críspulo. [Pausa,) Sorpresa 
ha causado, no la pasión de Carlos, sino el objeto. ¿Y cí>^o 
imaginar que tenía en casa la conjuración? Holg^eñor 
D. Críspulo. 

ESCENA TERCERA. 
CONDESA, D. CRÍSPULO. 

CRÍSPULO. 

Señora condesa, beso sus pies. 

CONDESA. 

Sin duda viene V. á decirme que está ya dispuesta 
Emilia. 

CRÍSPULO. 

Sí lo está , aunq^^^o me ha costado poco vencer su re- 
pugnancia. Después de la entrevista que , á invitación de 
usted^ tuvimo's V. y yo aquí esta mañana, entrevista en 
que logró persuadirme de que esa muchacha no volverá á 
darnos otro mal rato, fui á casa y la emprendí con mi 
hija. La tarea era más difícil de lo que suponíamos; pues 
ella, que nunca tuvo grande apego á la boda, fundaba en 
el suceso de anoche grave resistencia. Hícela comprender 
que todo ello era una bagatela, y que alejada Julia de 
Carlos, á quien sin duda había seducido, pues cuidé de 
echar sobre ella toda la culpa , no habría que temer una 
rivalidad que Emilia juzgaba,, y con razón, tan ofensiva. 
Hice todo lo posible ya que no era justo desistir de un ma- 
trimonio concertado y de mutua conveniencia, por un 
lance que al ñn puede tener fácil remedio. 

CONDESA. 

Así , así, D. Críspulo; me place hallar en Y. un hombre 
tan cuerdo, tan racional. 

CRÍSPULO. 

Por Último, logré, si no convencerla, persuadirla, gra- 
cias á esos y otros argumentos. 



55 

CONDESA. 

Ya lo esperaba yo de la discreción de V. y del respeto 
que ha sabido inspirar á Emilia, cuya docilidad es fruto 
de la buena educación que V. la ha dado. 

CRÍSPULO. 

Favor que me hace la amabilidad de V., señora condesa. 

CONDESA. 

Lo que V. merece, señor D. Críspulo. 

CRÍSPULO. 

omo decia, no han sido sólo verbales mis argumentos; los 
hal^^ido muy positivos. A nías del regalo de boda que la 
tenía%^metido, y que será cuantioso como Y. sabe, la he 
ofrecido iioy un magnífico tronco de caballos del Canadá, 
y el mejor y más costoso aderezo que á su gusto encuentre 
en la ciudad; ainda mais un viaje á Europa en que Carlos 
habrá de consentir, no sólo por ser de.su gusto, cuanto 
como medio de separar á Carlos de... 

CONDESA. 

Al fin, lo principal es casarlos: después, entre V. y yo 
arreglaremos las cosas según convenga á ellos mismos. 
Usted sabe que entre nosotros siempre ha reinado la ma- 
yor cordialidad, y que siempre nos hemos entendido. 

CRÍSPULO. 

Por supuesto... Pero es preciso que esa chica... 

CONDESA. 

Pierda Y. cuidado. Tan luego como pueda salir, dejará 
esta casa, y corre de mi cuenta componerlo de modo que 
ella y mi hijo no vuelvan a verse. 

CRÍSPULO. 

No tanto por mí como por Emilia. Ante el paso de ayer 
noche, ni Y. ni yo podíamos permanecer impasibles. Yo 
encolerizado me expresé con alguna dureza; pero la noche 
trae consejo y hemos reflexionado, acabando por conven- 
cernos de que, entre personas que saben de mundo y de 
negocios, no es cosa de abandonar uno brillante porque 
esos tontucios interpongan su capricho. Yo me juzgaría 
tonto, si al cabo de mi carrera me detuviese una bicoca, 
cuando he pasado por cosas mayores al realizar otros ne- 
gocios. Por ejemplo: Y. sabe que los de negritos, sobre 
todo, no dejan de habituarle á uno á no pararse en peli- 
llos; ustedes los que compran y conservan, y nosotros los 
que vendemos, no nos paramos en bulto más ó menos. 



56 

CONDESA. 

Y es como debe ser. (Buenos tunos son ustedes.) 

CRÍSPULO. 

Ahora lo que falta es ver cómo persuadimos á Emilia 
en la cuestión de tiempo. Está dispuesta, pero pretende 
dilatar el casamiento hasta verse segura de que no ocur- 
rirá otro lance parecido. 

CONDESA. 

Todo lo contrario. Es forzoso persuadirla de que debe 
verificarse la boda cuanto antes, hoy mismo; así podrem^ 
disponer de ellos mejor. 

CRÍSPULO. 

|Hoyí tan pronto... |qué dice V.I 

CONDESA. 

Dentro de una hora 6 antes; no hay tiempo que perder. 

CRÍSPULO. 

Pero ella no consentirá... 

CONDESA. 

Una joven bien educada por Y., debe ser sumisa y obe- 
diente. Todo está listo. Se han obtenido las dispensas ne- 
cesarias, y se casarán aquí en casa á despacho cerrado 
dentro de media hora, tan luego como vuelva V. y Carlos 
venga. 

CRÍSPULO. 

¿Y cómo convencer á mi hija? ¿Ella que está acostum- 
brada á hacer su santa voluntad? Yo, no hay duda que la 
he educado bien, como V. dice; pero no sé quién diablos 
la ha enseñado á decir no, ó lo quiero asi, según se le an- 
toja, y voy á tener una escena en que Dios me ampare. 

CONDESA. 

jY qué! ¿No tiene V. medios idénticos á los que empleó 
esta mañana? Refuerze V. los argumentos y ya verá si 
triunfa. 

CRÍSPULO. 

Sí, pero... 

CONDESA. 

Si ella ha consentido en lo mayor, doblando las prome- 
sas consentirá en lo menor. 

CRÍSPULO. 

Es que ya me cuestan sus remilgos más de lo que usted 
presume. 

CONDESA. 

¿No es la única hija de su corazón? ¿Lo que Y. posee no 



57 

será todo para ella? DonCríspulo, vaya V. pronto, es ur- 
gente, indispensable. Puede Y. decirla que el casamiento 
de Carlos será desengaño y castigo para esa malhadada 
Julia, que tan funesta ha venido á ser á nuestros planes. 

CRÍSPULO. 

Tal es la verdad: por lo que hace á mí, siempre me ha 
visto Y. dispuesto y conforme con sus miras, que son se- 
mejantes á las mias; pero... 

CONDESA. 

^ X Ea, D. Críspulo. Añada Y. al aderezo otro, á la pareja 
lUx ispictoria, y á todo esto la mejor quinta que pueda fa- 
bric^!*^en efCerro ó Marianao; á París y Londres ó Flo- 
rencia7^?-ada Y. un viaje á Jerusalen, Eoma ó Tetuan. 

CRÍSPULO. 

El país de las monas. 

CONDESA. 

(Allí estaría á su gusto esa tonta.) El tiempo vuela: todo 
está preparado, y hasta el cura espera ó poco menos. 

CRÍSPULO. 

Ya que es así, trataré de persuadirla, y Dios lo quiera. 

CONDESA. 

Quedo aguardándoles. Kada de ceremonias ¿entiende Y.? 
Será cosa puramente privada y de familia; nada de gran 
toilette; traje de calle ó familiar, y nada más. La pronti- 
tud es lo que importa. 

CRÍSPULO. 

Yaya, probemos pues. [Vase.) 

ESCENA CUARTA. 

CONDESA. (Sola,) 

¡Gracias á Dios! Al fin creo que por parte de éstos con- 
seguiré mis deseos. jOjalá pudiese decir lo mismo respecto 
de Carlos. Aun no le he visto desde anoche, y temo que no 
venga en todo el día, faltando oportunamente. ¿Qué pen- 
sará? En verdad que me intranquiliza su tardanza. Pero 
vendrá: porque sin duda desea saber cómo sigue la enfer- 
ma; y como cree que el proyecto del matrimonio está des- 
hecho... Aqm viene, ¡ahí ¡que me placel 

ESCENA QUINTA. 

CONDESA, GARLOS. 

CARLOS. 

¡Señora!... 



58 

CONDESA. 

Te aguardaba... 

CARLOS. 

Y yo, si quiere V. que sea sincero, la diré que temia en- 
contrarla. 

CONDESA. 

El culpable teme á su juez. 

CARLOS. 

|Yo culpable! 

CONDESA. 

¿Lo dudas? 

CARLOS. 

Mi conciencia está tranquila. 

CONDESA. 

Entonces debe ser sobrado elástica. 

CARLOS. 

A fe que no comprendo ese lenguaje, madre mia. 

CONDESA. 

¿Hallarás infundado mi enojo después de lo que ha pa- 
sado? 

CARLOS. 

iAb! ya comprendo; y si no acertaba, era por no juzgar 
grave delito lo que es natural y honrado. 

CONDESA. 

A no ser que supongas que debo estar satisfecha de tí 
y aun aplaudir tu falta de respeto. ¡Bueno sería que se 
hubiese roto por semejante escándalo, un proyecto de 
boda generalmente conocido í 

CARLOS. 

I Qué oigo! 

CONDESA. 

No es posible retroceder. 

CARLOS. 

jAh! 

CONDESA. 

¿Osarías pretenderlo? 

CARLOS. 

Es decir, que insiste V. aun... 

CONDESA. 

¿Y por qué no? Allanado el nuevo inconveniente que 

V 



59 

presentó una ocurrencia que no quisiera recordar, sólo 
debo pensar en que no se repitan tales escenas por demás 
desagradables. ¡Olvidarse de sí mismo hasta ese punto; 
poner tus ojos en quien debieras respetar, sobre todo por 
la consideración que me debes! 

CARLOS. 

Señora, repito que mis fines eran honrados. 

CONDESA. 

No basta esa protesta de seguridad. Yista la diferencia 
00 condiciones que jamás consentirla en allanar^ ¿qué fines 
hon^^gsos podrían esperarse? No estoy dispuesta á tolerar 
locurasiyie resuelto que se verifique el matrimonio cnanto 
antes. 

CARLOS. 

Pero es necesario disponer... 

CONDESA. 

Todo está dispuesto. Ella renunciará á sus ilusiones al 
ver reforzada la barrera que debe existir entre los dos. Su 
educación ha sido honrada, y si no es indigna de los prin- 
cipios que la he inculcado, si no es ingrata á mis benefi- 
cios, se conformará con su deber. 

GARLOS. 

Semejante precipitación, señora, es imposible. 

CONDESA. 

Está resuelto. 

CARLOS. 

Pero... 

CONDESA. 

Una palabra más, en oposición, y esa muchacha saldrá 
ahora mismo de esta casa; lo exige el honor de mi familia, 
mi decoro. 

CARLOS. 

(Resignémonos por ahora, ganemos tiempo.) Callaré. 

CONDESA. 

Voy á terminar los preparativos. Carlos, quiero ser 
obedecida. Aguárdame aquí un momento. 

CARLOS. 

Semejante precisión... 

CONDESA. 

Caballero, el hijo que no obedece, no honra á su madre: 
repito que me aguarde V., que no salga de casa sin mi 
venia. Yo se lo mando. 



60 

CARLOS. 

Bien está, señora. 

ESCENA SEXTA. 

CARLOS. [Solo.) 

Aguardaré; pero en vano. Quizás al obedecerla ahora, lo 
hago por la última vez. | Yo que me prometia que Emilia 
y su padre habrían desistido! Pero ya se ve , el D. Crís;;^ 
pulo es un verdadero acéfalo ante mi madre, y coma>di 
un autómata. Respecto de Emilia^ ¿quién fia en la vo)ríitad 
de una mujer tan necia? [Mi madre les ha haJ>^do sin 
duda y les ha convencido! Ellos , que en medio de tanta 
vanidad tienen tan pocos escrúpulos cuando se trata de 
sus intereses ó su ambición... Está visto que mi madre, 
tenaz como siempre, no retrocede , y mi esperanza queda 
desvanecida con la nueva aceptación de D. Críspulo y su 
hija. Por fortuna habia previsto el caso y trabajaba por mi 
cuenta. Partiré, llevaré conmigo á Julia, si quiere seguir- 
me, á otros países en donde no imperan estas mezquinas 
preocupaciones coloniales. Una vez allí, mi madre habrá 
de perdonarnos y aceptar mis socorros , si es que, como 
teme, nuestra fortuna desaparece con mi repulsa al ma- 
trimonio que me exige. |0h madre mia! Yo trabajaré para 
que tengas opulencia si es preciso; ¿pero debo plegarme á 
la injusticia? ¿Debo inmolar á tu ambición la dicha de dos ^ 
seres que tú no puedes menos de amar? jOhl yo creo que 
Dios me escucha; y él que penetra las intenciones, no 
puede ver en mí un hijo ingrato... Oye, Jorge; y Julia, 
¿cómo está? 

ESCENA SÉPTIMA. 

CARLOS y JORGE. 

JORGE . 

La calentura no disminuye. Ahora voy á la botica por 
esta receta que acaba de dejar el médico. 

Carlos. 

A ver: una preparación calmante de las más enérgicas . 
Por supuesto que el doctor habrá dejado instrucción clara 
del tiempo y forma en que debe la enferma tomar esta be- 
bida. 

JORGE. 

Una cucharada cada dos horas. 



61 

CARLOS. 

Ten cuidado. Si tomase algo más , sería peligroso y tal 
vez mortal. 

JORGE. 

Esté su merced tranquilo. 

CARLOS. 

Bueno, vé corriendo... A propósito... Ove: pienso partir 
cuanto antes , tan luego como pueda burlar la vigilancia 
de mi madre... 

V JORGE. 

Mí^'^fi el niño Carlos. 

CARLOS. 

Estoy decidido. Trataré de persuadir á Julia á que me 
siga. 

JORGE. 

jAhl Comprendo. 

CARLOS. 

Tú la servirás de guia y custodia cuando llegue el caso, 
es decir, tan luego como esté en disposición de ponerse en 
camino. La facilitarás todos los medios, é iréis á reuniros 
conmigo en donde ella te dirá. ¿Habrá modo de que reciba 
ahora una carta mia? 

JORGE. 

La señora mandó que no se dejase entrar en la habita- 
ción de Julia más que al médico. Juana la asiste con igual 
orden. 

CARLOS. 

jFatalidad! Se pierde un tiempo precioso... ¡Si yo pu- 
diese hablarla í ¿Dónde está la señora? 

JORGE. 

¡Ahí niño. Si la señora viese á su merced acercarse al 
cuarto de la enferma, todo se lo llevarla el diablo. 

CARLOS. 

Es verdad, tienes razón; y lo que más conviene es que 
no sospeche de mi proyecto... Escribiré, y cuando regreses 
con la medicina 5 harás porque llegue á manos de Julia 
una carta. Vé^, pues , á la botica, y vuelve á buscarme 
aquí ó en mi cuarto. {Vase Jorge.) Necesito marchar antes 
(le lo que pensaba. Haré porque ella parta después con 
Jorge. Por lo pronto permaneceré soltero y libre. Mien- 
tras no sea de otra, puedo ser suyo. [Ja á escribir y desiste 
al ver á la Condesa,) jAh! ¡mi madre! 



62 

ESCENA OCTAVA. 

GARLOS, LA CONDESA. 
CONDESA. 

Te encuentro aquí, lo esperaba, y agradezco tu obe- 
diencia. 

CARLOS. 

Debe V. estar satisfecha. Sólo me resta suplicar á usted 
dilate por un dia, por algunas horas... 

CONDESA. 

No puede ser, Carlos. 

CARLOS. 

Lo suplico, lo ruego, madre mia: jtal presteza en asunto 
tan serio I... 

CONDESA. 

Por lo mismo que lo es, debe apresurarse. 

CARLOS. ^' 

Tengo que disponer aun algunas cosas. 

CONDESA. 

Es imposible perder más tiempo; ya hedado mi palabra, 
y todo está listo. Lo demás nos expondría á interpreta- 
ciones que no nos favorecen. Cuando ignoraba lo que 
ahora sé, podia ser más indulgente ; ahora tienes que ha- 
certe perdonar y tranquilizarme respecto de un particu- 
lar sumamente delicado. 

CARLOS. 

Es decir que veo burlada del todo mi'esperanza. Cuando 
qreia que lo ocurrido podria retardar esa funesta boda, 
viene por el contrario á precipitarla, j Soy muy desgra- 
ciado ciertamente! 

CONDESA. 

Te casaráshoy, y saldréis en seguida para el ingenio. En 
cuanto á esa muchacha, es forzoso que purgue su osadía; 
y tan luego como esté buena... 

CARLOS. 

¿Qué piensa V. hacer, señora? Es inocente. Si escuchó 
mis amorosas palabras, no ha sido sin grave resistencia, 
y sólo cediendo á mi importunidad. Madre, ¿qué piensa 
usted hacer de ella? Debo saberlo. 

CONDESA. 

Pretendo evitar la deshonra de mi casa; evidenciar que 
niego toda indulgencia á unas relaciones desiguales y pe- 



63 

ligrosas. El buen nombre de nuestra familia está por me- 
dio, y por consiguiente, ha terminado mi censurable bon- 
dad. Debo hacerte comprender si lo has olvidado , como 
parece , que Julia ha deoido ser sagrada para tí. Preciso 
es que yo te recuerde la cordura, ya que tus pretensiones 
absurdas la desmienten. 

CARLOS. 

Pues bien, madre; yo la amo y no consentiré que se la 
ofenda ni trate mal. Si no es igual á mí por la cuna , está 
tal vez más alta que yo por su corazón ; más alta, sí, por- 
qu.xyo he podido mostrar la voluntad de un hombre, y 
sólo í^vmostrado la debilidad de un niño. Deberes tiene el 
hijo ; p») también los tiene la razón, y no he sabido al- 
zarme en favor de ésta. jQue no es igual á mí... pobre sar- 
casmo! 

CONDESA. 

¡Igual á tí! ¡Llaneza incomprensible! ¡Es decir que eres 
igual á la hija de la esclava María! El padre de esa mu- 
chacha , que era su dueño , vendió á otro la madre con 
ella en su seno, avergonzándose del fruto que iba á resul- 
tar de su extravío. ¿EreS; pues, igual á esa muchacha que 
su mismo padre negó antes de nacer y que negaría hoy si 
la conociese? 

CARLOS. 

No importa , señora. Eso añade mayor interés á su des- 
gracia. Yo que la amo , no debo abandonarla aunque me 
llamen loco. Sé que Y. tiene buen corazón , madre mía, y 
que no tocará uno solo de sus cabellos ; ¿ pero eso evitará 
que sea despreciada y confinada , sábelo Dios , por el cri- 
men de haberme inspirado amor? Si ella es infeliz desde 
la cuna, ya que la cuna es delito para ciertos seres; si un 
padre inicuo, por evitar que saliese á su rostro la prueba 
de un censurable descarrío ó por el vil interés de su codi- 
cia (cosa no muy rara entre nosotros) , la vendió antes de 
nacer; si el mundo la convirtió en mercancía cuando aun 
pertenecía exclusivamente á Dios; si entonces la ánica 
mano bienhechora que la sacó de su estado; si V., madre, 
al decirle: levántate y mira al cielo que es nuestro origen, 
lo hizo para dejar caer sobre su frente algún día, por la 
culpa sólo de haber amado, el manoplazo feudal de la so- 
berbia; yo que la amo, porque el cielo la hizo interesante 
y amable á mis ojos, soy quien debo indemnizarla de los 
males que la ha causado el mundo; yo debo presentarla 
ante Dios diciendo: Señor , tú la creaste tuya, y los hom- 
bres te la han robado. Ella que es tu hija, ha sido vendida 
como tú también lo fuiste , por uno de los seres que ven- 



64 

den su sangre , por uno de los Judas que existen en el 
mundo para cambiar las almas por dinero: yo, pues , la 
rescato con mi amor, y te la vuelvo! 

CONDESA. 

jQué escuchol Apenas creo lo que oigo. Me avergüenzo 
de tus palabras. Estás loco sin duda. ¡Y es mi hijo quien 
profiere tales desacatos, y es anfe mí que se permite tales 
palabras! Ahora menos que nunca debo ceder: ceder es la 
deshonra, y á poco que tolerase, la llevarla ante el ara á 
mi despecho. Que salga , que salga inmediatamente de 
esta casa. 

CARLOS. 

No señora, no saldrá sino conmigo. 

CONDESA. 

¿Cómo impedirlo? 

CARLOS. {Interponiéndose con respeto pero con firmeza,) 

No lo sé... masía protejo. 

CONDESA. 

¿Por qué medios? 

CARLOS. 

La ley... digo mal: la justicia... 

CONDESA. 

¡Aparta! 

CARLOS. [Con amargura y decisión,) 
jSeñora!... 

CONDESA. 

Saldrá ahora mismo, cualquiera que sea su estado: yo 
lo quiero. 

CARLOS. [Bruscamente,) 
No lo consentiré. 

CONDESA. [Retrocediendo,) 

j Cielos I jy es mi hijo! 

CARLOS. [Cayendo de rodillas,) 

Madre mia, piedad... piedad para ella y para mí. [Levan' 
tándose,) ¡Ahí señora, compadezca Y. mi estado. jNo he 
querido ofender á V., pero soy muy infeliz! Mi corazón 
sufre inucho y tengo en él un níundo de amargura. Usted 
que fué tan buena para Julia, no debe hacerla más desdi- 
chada; que sin nacer lo era. Que ignore siempre la saña 
conque Y. acaba de amenazarla. ¡Ah madre mia! Si mis 
palabras han podido ofenderla, mi corazón protesta no las 
lia dictado. 

[Durante esta escena, ha pasado Jorge de vuelta de la botica, 



65 

con un frasco que parece ser el recetado, hacia la p%erta 
que conduce d la JiaUtacion de Julia, saliendo después y 
regresando al soplón, no sin mostrar algún curioso interés 
por lo que pasa ó dicen en la escena. Ahora viene de la an- 
tesala^ 

ESCENA NOVENA. 

Dichos. JORGE. 

CONDESA. 

¿^y,é hay? 

^ JORGE. 

Acaban de entrar y esperan en el salón. 

CONDESA. 

Que tengan la bondad de aguardar un instante; allá 
vamos. (Vase Jorge.) Es ya un compromiso serio; su rup- 
tura sería una desgracia. Ahora me avergonzaría; evítame 
el sonrojo. 

CARLOS. 

jMadre, madre! ¿Quiere V. hacerme completamente 
desgraciado? No puede ser. 

CONDESA. 

Tu casamiento me tranquilizaría respecto de tu loca 
inclinación á Julia. Haz lo que anhelo... Yo te ofrezco te- 
nerla siempre á mí lado, y aun la amaré como... á una 
hija... ¡CárlosI 

CARLOS. 

jOhl muerte, serías un bien. 

CONDESA. 

(jAh! ¡qué ideal Es preciso... veamos... El momento es 
supremo, ¿á qué detenerme? Es un recurso disculpable, 
necesario.) Hijo mío: el enlace que te propongo es ahora 
de conciencia. Debo curarte de un amor imposible, y evi- 
tar criminales consecuencias... Entre Julia y tú, hay un 
abismo. Aun cuando ella fuese de tu propia condición, aun 
cuando tuviese todo el oro y todos los atractivos del mun- 
do, no podría ser tu esposa. 

CARLOS. 

jCómoI 

CONDESA. 

ho que se cuenta de su nacimiento, fué pura invención 
para cubrir un extravío. 

5 



CARLOS. 

iQuédice V.I 

CONDESA. 

Si la he tratado como hija, ha sido por respeto á la me- 
moria de tu padre... Me fuerzas á decírtelo. 

CARLOS. 

iQué oigol jCielos, tened piedad de mil 

CONDESA. 

Y ahora, ¿vacilarás? jCárlos, decídete por Dios, que nos 
aguardan I 

CARLOS. 

¡Ahí 

CONDESA. 

El abismo entre los dos es ahora inmenso. 

CARLOS. 

I Sí, inmenso I 

CONDESA, 

Debo impedir que caigas en él... jEl incesto! 

Garlos. 
jQué horror I 

CONDESA. 

Ven, y huye de ella para siempre. 

CARLOS. 

Sí, SÍ.. Haga V. de mí lo que quiera. 

CONDESA. 

Carlos, ven á poner entre ella y tú la barrera salvadora; 
ven, hijo mió, ven. 

{Aprovechándose del estupor de Carlos, la Condesa le ase del 
brazo llevándole consigo.) 

ESCENA DÉCIMA. 
JORGE (que sale por el iado opuesto, y que les ha visto marchar). 

El sacerdote espera en esa sala. jVa á casarse con la hija 
de ese hombre! ¡Pobre Julial Si pudiese verla... Y el niño 
Carlos que pensaba llevársela; pero ¿qué haré? Sin duda 
no ha escrito la carta de que me habló. (Buscando en la me- 
sa.) Nada, no hay nada. Además, ¿de qué serviría si va á 
casarse? ¿Cómo es que ha consentido? ¿Qué habrá hecho 
la señora para obligarle? Voy á ver si Juana me deja ha- 
blar con Julia... Pero ¿qué miro? jEs ella!... 



67 

ESCENA UNDÉCIMA. 

Dicho y JULIA (que sale con el cabello suelto, pálida y febril, ex- 
presando en su fisonomía su malestar físico y su desesperación. Su 
traje un poco descuidado, da á conocer que se ha vestido con el 
desaliño y rapidez que debe suponerse en quien como ella acaba 
de dejar el lecho del dolor). 

JORGE. 

j Julia! ¿Cómo estás aquí? ¿Por qué has salido de tu 
cuarto con calentura?... jY Juana tena dejado salirl 

JULIA. 
JORGE. 

La pobre Juana ha velado toda la noche. Estaria ren- 
dida de sueño. 

JULIA. 

Dime... ¿y él?... 

jorge: 
Todo estaba preparado para su fuga y la tuya. 

JULIA. 

Pues vamos. 

jorge. 

Pero parece que se ha visto precisado á obedecer á la 
señora. 

jCómo! 

Está en el salón... 

Acaba... 

JORGE. 

Julia, vuelve á tu cuarto. 

JULIA. 

Y ella sin duda estará también en el salón. Le jura un 
amor que es pura falsía... joh! ¡qué veo! [3íirando hacia el 
fondo.) ¡ün sacerdote!... lah! comprendo... Van á enlazarse 
ahora mismo, aquí en la casa... ¡Dios mió!... Pero ¿qué 
me importa?... ¡Ah! Siento fuego en las entrañas y en las 
sienes... parece que va á rompérseme la cabeza. 

JORGE. 

Es un vahído... Llamaré... 



JULIA. 
JORGE. 
JULIA. 



JULIA, 

jSilencioI No llames, no es necesario... te lo suplico. El 
sudor baña mi frente, es de hielo, y sin embargo en ella 
hay algo que me quema. Esta mancíia... ¿no ves esta man- 
cha?... 

JORGE. 

Julia, deliras... 

JULIA. 

Una mancha que debe ser muy visible, porque todos la 
ven, todos me la echan en cara. ¡Cuando todos lo dicen!... 
Y sin embargo, esta mancha no es la del crimen: la tuve 
desde mi primer instante, nací con ella... jahí jsi pudiese 
borrarla! jDicen que soy bella... já... já... já...I >€K)mo 
puedo serlo con esta mancha? Ella es mi pecado original, 
pero sin redención, sin redención!... 

JORGE. 

Serénate por Dios. 

JULIA. 

^ jPues qué!... ¿no Qstoy serena? Ellos se casan, y yo... me 
rio. Ya lo ves, me rio... ¿me quieres más serena? Yo tam- 
bién voy á casarme. ¿No oyes mi epitalamio? 

Hay una palma en el valle 
á quien allá en otros dias 
las aves, dulces cantoras, 
á saludarla venían. 

Llegó luego la tormenta 
y por el rayo fué herida; 
su tronco secóse ¡ay triste!... 
Las aves ya no volvían. 

¿No es verdad que es muy bonito mi epitalamio? Quiero 
ponerme los adornos de la boda. [Tratando de arreglarse 
el cahello\ Jorge, tráeme flores... necesito flores para mi 
frente. Quiero ver si oculto esta mancha que me abruma, 
la mancha de mi origen; pero no me traigas mirtos ni 
azahares; esas flores son muy alegres y deben servir para 
otras mas felices... ¡yoestoy tan triste! Tráeme lirios, que 
son tristes como yo... siemprevivas que sirvan para un 
sepulcro... Quiero ya mi vestido de boda, blanco como el 
armiño, como la pureza... como un sudario! 

JORGE. 

Julia, por Dios, por tu madre: vuelve á tu cuarto. No 
debes estar, no estás bien aquí. 

JULIA. 

Mi madre, dices que mi madre... jYo no tengo madre! 



69 

¿Dónde está? No lo recuerdo... Sin duda ha muerto. Si 
ella no hubiese muerto, estaria aquí, respondería cuando 
la llamo. ¡La he llamado en vano tantas veces! No, no 
vive: ahora recuerdo que siempre me lo han dicho... ¿No 
es verdad que era esclava? jQué horror! jDebió morir sin 
duda de pe adumbre, al ver que me ponía en el mundo 
para ser tan desgraciada! Sí, ella ha muerto, porque siento 
que alguien me llama desde otra parte, desde otro mun- 
do... Sí, ella es quien me llama, me llama tan dulce- 
mente... |0h! [sólo una madre puede llamar así! 

JORGE. 

Julia, Julia, me das miedo... ¡oh! ¿qué hacer? 

**^ JULIA. 

Ellos se casan... están en la iglesia. [Se oye la campana 
y el órgano de una iglesia vecina que celebran unos funera- 
les.) Ven acá, Jorge. ¿No oyes el órgano? Qué hermoso es 
lo que tocan: parece un canto de otra vida... ¿No oyes la 
campana qué triste?... Y sin embargo, celebran un casa- 
miento. jAh! ¡no, qué boba soy! Son campanas que do- 
blan... {Mirando por la ventana de la derecha.) Es un en- 
tierro que cantan en la vecina iglesia. ¿Quién ha muer- 
to?... Algún rico tal vez, porque es un entierro muv 
pomposo... ¡Ah! vosotros los que rogáis por un muerto á 
quien no conocí, rogad por mí también... por una desdi- 
chada!... ¡Ah! sí, es por mí , ruegan por mí... y no puedo 
rezar, ni llorar tampoco... porque tengo fuego en la frente 
y en los ojos, y no puedo rezar ni llorar... y luego esta 
manchal... [Se golpea la frente.) ¡Ah! me muero. [Déjase 
caer lentamente en un sillón como vencida por tenaz y an- 
gustiosa modorra.) 

ESCENA DUODÉCIMA. 
Dichos. LUIS. 

LUIS. 

¡Hola!... ¿Qué es eso? ¿qué veo? 

JORGE. 

Señor , yo no sé lo que le pasa, pero me parece que está 
muy mala... Caballero, llame su merced, por Dios. 

LUIS. 

¿Y dónde están? 

JORGE. 

En el salón. 



70 

LUIS. 

He visto el carruaje de Emilia y su padre venir hacia 
aquí. 

JORGE. 

En el salón están todos; acaso esté ya concluido el ca- 
samiento. 

LUIS. 

¿Qué me dices? ¿Pero ignoran el estado de esa joven?... 

JORGE. 

Sí. señor. 

LUIS. ^ 

Llamaré para que la socorran. (Evitemos y ganemos 
tiempo.) (Tase.) 

ESCENA DECIMATERCERA. 

Dichos, menos LUIS. 
JORGE. 

Julia^ es menester que vuelvas á tu cama. Vendrán los 
amos, y si te encuentran aquí y en ese estado... la alarma 
para el niño Carlos será mayor. 

JULIA. (Con s%ma postración y languidez,) . 

¿Qué dices ? Déjame... Siento un peso tan grande en la 
cabeza... y en todo mi cuerpo... Quiero dormir... quiero 
morir... 

JORGE. 

Ven, Julia, ven. Es preciso que la lleve de todos modos. 
ESCENA DECIMACUAETA. 

Dichos. CARLOS, LA CONDESA, D. GRISPÜLO, EMÍLIA y LUIS. 

(Aparecen juntos, pero por el orden indicado.) 

CARLOS. 

¡Julial... ¡Cielosl... 

CONDESA. . 

¿Qué es eso? ¿Así se cumplen mis órdenes? ¿Cómo está 
aquí? 

CARLOS. 

Madre mia, ¡socorro, por Diosí 

CRÍSPULO. (Con ira reconcentrada.) 
Cuando dije que esa muchacha... 



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EMILIA. (Qon marcado desden.) 
Vea V., papá, si tenía yo razón. 

LUIS. 

(l Era tarde ; estaban casados ! Pensemos en otra cosa, 
pues aquí estoy ya de más.) (Saludando.) Celebraré que el 
accidente no sea cosa mayor. (Vase.) 

CARLOS. (Q,ue ha examinado á Julia al 'par que la Condesa.) 

Sin pulso... la frente helada... 

JULIA. [Al oir la voz de Carlos aire los ojos aunque con di- 
ficultad , procura sonreir y le tiende la mano.) 

¡Ahincarlos... yo... pesado sueño!... jqué felicidad.... 
poder dormir tan dulcementel... 

CARLOS. 

Pero, ¿qué ha pasado? ¿cómo ha sido esto? 

JORGE. (Como quien recuerda de repente.) 
I Ahí (Corre Mcia el cuarto de Julia.) 

CRÍSPULO. 

Mucho temía este lance, condesa, 

EMILIA. 

Y lo peor es que ya no tiene remedio: ¡ya soy su esposal 

CRÍSPULO. 

¿Qué dice V. á eso? 

CONDESA. 

Déjeme V. ahora. Hijo mió, jen qué situación me has 
puesto con tu funesto amor I 

Carlos. 
Madre, omita V. por favor reconvenciones. Socorros ne- 
cesita esta infeliz... Julia, Julia, ¿no me oyes? Yo te llamo... 
Julia... jno responde! 

JORGE. [Trayendo vacío el frasco de la receta.) 
Mire su merced, niño Carlos. * ^ 

CONDESA. 

¿Qué es eso? 

JORGE. 

La medicina que traje. . . Se levantó al descuido de Juana, 
y la bebió de un golpe. 

CARLOS. 

¡Qué escucho! Se muere sin remedio... pronto: tinta, 
papel. [Va á pulsarla.) No, ya no hay remedio: ¡su sueño 
es el eterno! 



^2 

JORGE. {A D. Orispulo con indignación,) 
Ella era hija de María. Era hija de V. [A Emilia.) Era 
su hermana. 

CRÍSPULO. (Con terror y sorpresa.) 
¡Qué oigoí 

EMILIA. {Con sorpresa y confusión, 
I Mi hermanal 

CONDESA. [A entrambos.) 
Él dice la verdad. 

CARLOS. 

jSeñoral ^ 

CONDESA. 

Perdón, hijo mió; era preciso. 

CARLOS. [Entono de amarga reconvención.) 
jMadrel ¡madre I 

CONDESA. 

Hijo mió, hijo mió, {Corriendo á abrazarle.) perdóname. 
[Carlos rehusa este abrazo, y la Condesa se deja caer abatida 
en un sillón. ) 

CARLOS. 

No señora; este matrimonio, hijo de la mentira, es nulo 
ante Dios y ante mi conciencia: j le rechazo ! {Yendo á in- 
clinarse sobre el cadáver de Julia.) ¡Julia, ídolo miol Sólo 
la mentira pudo apartarme de tí ; pero si vivieras, nadie, 
lo juro, podría arrancarme de tus brazos. {Za abraza y llora 
con desesperación. D. Crispulo contempla á Julia aterrado, 
Emilia se cubre el rostro como si el dolor fuera una ver- 
güenza.) 

JORGE. [A D. Crispulo con solemnidad.) 

¡Dios hará justicial 

CAE EL TELÓN CON ALGUNA LENTITUD. 



FIN DEL DRAMA.